Capitulo IV - Doliente sonido

(3º curso) -1964-
13 años

El nuevo curso había comenzado. Estaba ya en tercero y las cosas funcionaban bastante bien. Había conseguido sacar adelante los cursos siempre en junio, incluido el primer año que fue el más difícil ya que había tenido que examinarme directamente en el Instituto Alfonso X al haber tenido que hacer ingreso y primero juntos. Lo cierto es que no tuve excesivos problemas para aprobar los dos cursos juntos, solo tuve un ligero inconveniente se pudo arreglar de una forma que solo pude comprender años más tarde, cuando fui más consciente del tipo del colegio en el que estaba.

El problema se presentó en el examen oral de religión. Yo respondía a todas las preguntas con soltura, (la Historia Sagrada la llevaba al dedillo ya que usaba el libro como lectura de entretenimiento), hasta que me preguntaron una cuestión de la liturgia que yo no tenía ni idea. Con toda naturalidad a la pregunta respondí que eso no lo sabía porque en mi colegio no lo habíamos dado. El cura que me examinaba me preguntó el nombre de mi colegio y le dije que en el San Antonio. El cura no me preguntó nada más, me mandó sentar de nuevo y me puso un notable. El nombre de mi colegio, el que había obrado el milagro. Seguramente aquel hombre pensó que viniendo de dónde venía mis escasos conocimientos eran de notable.

Todos los comienzos de curso tenían un sabor especial y aquel de tercero no fue una excepción. En la primera semana de octubre todos nos íbamos incorporando de nuevo al colegio. Los reencuentros con los amigos se sucedían continuamente y había alegría y un cierto estado de confusión con tantas novedades. A lo largo de toda la semana era un constante trasiego de chicos maleta en mano incorporándose al colegio. En aquellas maletas todos llevábamos no solamente las pertenencias para pasar todo el curso, sino también las ilusiones y las aventuras vividas durante el verano que luego serían profusa y detalladamente contadas a los amigos a lo largo de todo el curso.

Durante toda aquella semana era común la presencia de las viejas galeras en la puerta del colegio. En aquellos años los automóviles que ejercían de taxi en Murcia eran muy pocos y lo más común eran las galeras, que era carruajes cubiertos tirados por un caballo. Los caballos generalmente se engalanaban un poco y el carruaje tenía asientos laterales acolchados para más comodidad. Cuando veíamos aparecer frente al colegio uno de estos carricoches sabiamos que era alguien nuevo en el colegio o que el alumno venía acompañado de su madre ya que los que teníamos experiencia veníamos de la estación maleta en mano para ahorrarnos el dinero.

De una u otra manera, poco a poco, nuestra gran familia se iba reuniendo de nuevo. Mi madre tuvo razón aquel primer día de colegio cuando al verme tan desolado por quedarme solo me dijo que todos aquellos chicos que vi pasar aquel día en una cola interminable, terminarían siendo amigos míos. Todos aquellos chicos eran los que ahora regresaban de nuevo a su otra casa.

Aunque allí todos éramos amigos porque nos unía el infortunio de estar alli, mi amigo más íntimo era Jorge Juan Borraz. Era el amigo con el que compartía secretos, miedos, esperanzas y del que lo sabía todo y él de mí. Durante todos los años que estuvimos en aquel internado, siempre mantuvimos una sólida amistad, y aún después de salir de allí todavía tuvimos tiempo de conservarla. Hoy, después de muchos años, alejados por la distancia y las circunstancias, todavía sigo considerándolo como mi mejor amigo. Estamos separados por mil circunstancias, pero nos siguen uniendo miles de días compartidos, un montón de sueños de muchachos y la certeza de que siempre podremos confiar el uno en el otro.

Volviendo al hilo de la narración, el nuevo curso había empezado y yo ya había tenido la oportunidad de dar un abrazo de bienvenida a Jorge. Aquel año él había pasado sus vacaciones en Francia y llegó unos días después que yo. Traía, como siempre, mil aventuras que contar, pero sobre todo traía una sorpresa muy especial: un pick up. Se trataba de un tocadiscos portátil que funcionaba con pilas y que cerrado parecía una pequeña maleta. Yo no había visto ninguno antes, pero él me dijo que en Francia eran muy populares. También traía unos discos realmente estupendos, en su mayoría totalmente desconocidos en España y más en Murcia. Cuan llegó apenas le dí tiempo a deshacer la maleta ni a contarme nada, estaba deseando oírlos. Lo primero que hicimos fue buscar un sitio solitario y tranquilo para disfrutarlos. Cómo el curso propiamente dicho todavía no había empezado, las clases no estaban todavía ocupadas, así que decidimos a utilizar la más alejada y tranquila. Entramos en la clase de sexto y montamos nuestro pick up. Apenas habíamos terminado de instalarnos cómodamente cuando uno de los pasantes nos sorprendió. Naturalmente tuvimos que recoger nuestra instalación y salir de allí con aire de culpabilidad mientras el vigilante, cómo un nuevo ángel custodio, nos expulsaba del Edén mostrándonos la puerta de salida.

Decidimos entonces ir a uno de los dormitorios viejos, no estábamos dispuestos a ceder en nuestra primera escaramuza sin haber peleado nuestras posibilidades. Con el mayor sigilo que pudimos nos colamos en uno de los dormitorios pequeños que se habían dejado abiertos para los alumnos que iban llegando. Allí, entre dos camastros del rincón mas alejado, comenzamos a colocar de nuevo el tocadiscos. Aún no habíamos puesto siquiera el primer disco cuando otro pasante nos sorprendió. Menos mal que no fue el mismo y nos pudimos librar del agravante de reincidencia, pero eso no evitó que nos llevásemos otra reprimenda. Y de nuevo tuvimos que hacer un discreto mutis por el foro.

El asunto comenzaba a ser monótono. Ya no sabíamos dónde acudir, todos los lugares que se nos ocurrían estaban o muy concurridos o vigilados. Cuando ya empezábamos a desesperar y pensábamos que no podríamos disfrutar de nuestra música, surgió la idea brillante que siempre debe surgir en los momentos de apuro: iríamos a la capilla. Sin duda era el mejor lugar que se nos hubiera podido ocurrir ya que allí encontraríamos silencio y tranquilidad. En esas fechas, sin duda, sería el sitio menos frecuentado del colegio ya que hasta unas semanas antes de los exámenes no nos poníamos lo suficientemente místicos cómo para ir voluntariamente a tan santo lugar. Ya teníamos más que suficiente con la misa diaria por obligación.

Dichos y hecho. Entramos en la capilla y, efectivamente, había silencio y tranquilidad. Aquello estaba desierto. Disculpamos nuestra mala conciencia diciéndonos que el sagrario no estaba consagrado. En realidad bien, bien no sabíamos que importancia tenía, pero era algo que el cura nos había dicho en alguna ocasión, así que lo utilizamos como excusa para acallar nuestras conciencias. Nosotros a lo nuestro. Colocamos el tocadiscos sobre el altar y comenzamos a poner los discos. Aquello no era una capilla, aquello era la gloria. Oímos sonar el ritmo de the Troggs, Eric Burdon & the Animals y con el resto de aquella pequeña maravilla que había traído. Aquello era magnifico. La música bañaba toda la estancia, la acústica, aunque este mal el decirlo, era divina y la tranquilidad idílica. En resumen, era perfecto.

Uno tras otro fuimos deleitándonos con los discos. Cada uno que poníamos me parecía mejor que el anterior. Desfilaron The Equals, Little Richard, The Ventures, Bill Haley y no sé cuántos más. Nosotros, poco a poco, nos fuimos animando con la música y terminamos bailando al ritmo de aquellas canciones que sonaban. Es que se nos iban los pies y el cuerpo oyendo todo aquello.

Al comienzo, cómo suele suceder, era sólo un leve movimiento del pie o de las manos acompañando el ritmo, pero luego nos fuimos desmelenando y dimos rienda suelta a nuestro entusiasmo. Cómo era de suponer terminamos bailando como dos posesos con la música sonando en nuestros corazones que amenazaban con desbocarse. Tratábamos de enseñarnos el uno al otro como debían bailarse aquellas músicas.

En esa estábamos cuando, en el momento más exuberante, más sublime y en el que estábamos más concentrados moviendo todo lo que podíamos mover con aquel ritmo, se abrió la puerta de la capilla y apareció el cura Marino. Nunca la música de los Rolling Stones se ha visto tan cruelmente interrumpida.

Ni que decir tiene que nos quedamos petrificados. Si en ese momento nos pinchan no nos sale ni una gota de sangre. No fue un susto, fue un acojonamiento en toda regla. No puedo decir qué fue más patético en ese momento, si su cara, con los ojos abiertos cómo platos cuando nos vio de aquella manera, o la nuestra, cuando vimos asomar su sotana negra y nos quedamos inmóviles en unas posturas que podríamos calificar de ridículas con mucha benevolencia.

Primero nos miró cómo si estuviese viendo a dos marcianos azules con una antena en cada oreja. Luego balbuceó algo ininteligible que ni él ni nosotros conseguimos entender, pero que pudimos traducir por el tono cómo algo muy gordo. Luego, cuando logró recobrar la respiración, nos largó un "puro" de los que hacen época. La filípica estaba adornada con toda suerte de improperios que rebasaban, sin duda, lo que un sacerdote puede llegar a decir sin tener que confesarse luego. Fue lo que se dice un verdadero desastre.

Jorge y yo aguantamos allí estoicamente todo lo que quiso decirnos. Nos fulminó con la mirada cuantas veces quiso y, suerte tuvimos que no pasara de las palabras a las manos, porque hubo momentos en que creíamos que iba a seguir su chorreo por medios menos sutiles. Finalmente, con cajas destempladas, nos mandó salir de allí. Recogimos más que deprisa nuestros utensilios musicales y salimos cómo alma que lleva el diablo. Mientras nos alejábamos podíamos oír todavía sus amenazas diciéndonos que ya nos veríamos en clase y se acordaría de lo que habíamos hecho. Una vez fuera de la capilla, Jorge y yo nos miramos con cara de angustia y emprendimos un amargo y cabizbajo regreso. Ninguno de los dos dijo nada, no pronunciamos ni una sola palabra pero nuestros ojos lo decían todo. Bastaba ver la cara de Jorge para saber que interiormente los dos llevábamos el mismo grado de angustia.

No me atreví a decirlo en voz alta por que no hacía falta, pero mientras caminábamos el uno junto al otro no podía evitar el angustioso pensamiento que seguramente debía compartir mi compañero: "¡Dios mío, que forma de empezar el curso!" Y todavía nos quedaban por delante ocho meses...



Capítulo XVI - La hora mas silenciosa

(4º curso) -1965-

14 años

Aquel año me tocó en suerte uno de los dormitorios grandes. Yo, personalmente, siempre prefería alguno de los pequeños de la parte más antigua del edificio, la zona que conocíamos como “la cuadra” y no hace falta explicar a qué se debía el nombre. Prefería los dormitorios pequeños no por lo cómodos que pudiesen resultar -en este aspecto todos eran igual de incómodos- si no porque tenían ciertas ventajas. En los dormitorios grandes había una capacidad para ochenta o noventa alumnos, mientras en los pequeños apenas dormíamos unos quince chicos. La diferencia de número comportaba la ventaja de que que los dormitorios pequeños fuesen menos vigilados y hubiese otro grado de intimidad. Además, en los dormitorios grandes siempre se suscitaban problemas, cuanto mayor era el número de compañeros mayor era el riesgo de que uno u otro le diese por hacer el gracioso y, al final, íbamos todos a dar con nuestros huesos en la sala de estudio. Además, hay que añadir, que las ventanas de los dormitorios grandes daban a la calle mientras las ventanas de los pequeños lo hacían hacia el patio, es decir, hacia el cine, lo que suponía una cierta ventaja. En los grandes se dormía en literas y en los pequeños en camas individuales, que, aunque tan viejas y ruidosas como las literas, siempre eran mas agradables al no tener que soportar los movimientos del vecino de turno.

La distribución de los alumnos por dormitorios se hacía a comienzo de curso y se hacía atendiendo a medidas de seguridad o de control, se procuraba que estuviésemos juntos todos aquellos que teníamos una edad similar. Aquel año no pude ir a los pequeños y el dormitorio que me tocó en suerte era el que quedaba debajo mismo de la vivienda del director, es decir, el peor.

El dormitorio era amplio, lleno de literas y de estrechas taquillas de madera. Los colchones que teníamos eran colchonetas de borra de las que usaba el ejército. Entre el somier, que estaba completamente dado de sí, y lo apelmazado de la borra, las camas dificilmente quedaban presentables cuando las haciamos, y mucho menos cómodas. En realidad la cama la hacíamos de una manera decente una vez en todo el curso: el primer día que llegábamos. Ese día esponjábamos el colchón y hacíamos la cama procurando dejarla lo mejor posible. Después el colchón se hundía incrustado en el somier y el peso de nuestro cuerpo creaba un hueco que, a lo largo del curso, lo único que hacíamos era disimularlo poniendo tirante la sábana y las mantas para que pasasen la revista.

Las literas, por su parte, tenían mas años de colegio que todos nosotros juntos. Eran viejas y ruidosas, de un color azul demacrado por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento. Cada vez que nos movíamos producían un ruidito característico al rozar unas partes contra otras. Como eran dobles si no era uno, era el otro el que el que se movía y eso hacia que constantemente se oyese en el dormitorio un continuo "ñiki ñiki" aquí y allá. A veces parecía un verdadero concierto que llegaba a poner los nervios de punta.

En aquella ocasión Jorge había escogido la cama de arriba y yo dormía en la de abajo. Habíamos escogido una litera situada hacía el centro del dormitorio, un poco alejada de la puerta pero bastante oculta para cualquier persona que entrase en el dormitorio. Por nuestra parte, dada la posición podíamos observar desde lejos cualquier persona que entrase y eso, evidentemente, era una gran ventaja ¡la experiencia era un grado!

Uno de los compañeros que tuvimos aquel año en el dormitorio era Abadías, cuya litera estaba situada a unos cuatro o cinco metros de distancia pero mucho peor situada, ya que las taquillas le impedían controlar la entrada al dormitorio. Su posición estaba totalmente al descubierto ya que para advertir el peligro estaba a expensas de los sonidos de aviso de los compañeros mejor situados. Era una mala situación ya que si se producía algún peligro, osea si venía el director o algún pasante, y no te avisaban con tiempo, te cazaban como a un pato.

Abadías era uno más de los muchos muchos que compartíamos el dormitorio. Era delgado, nervioso y de huesos robustos y anchos. Era un chico que se cuidaba, no fumaba y el único defecto que le conocíamos era que le gustaba hacerse bocadillos con las cabezas de ajos que iba recogiendo de las mesas cuando nos daban “tres puñados” para comer. Se cuidaba bastante y, en ocasiones, le habíamos visto pidiéndole al director complejos vitamínicos para mantenerse en forma ya que era un excelente corredor de medio fondo y sobretodo destacaba en cross.

Teníamos algunos buenos atletas en el colegio y posiblemente alguno hubiera podido llegar a más si hubieramos podido tener los recursos necesarios. Recuerdo, por ejemplo a un compañero extremeño que estuvo a punto de hacer algo destacado pero lamentablemente no pudo ser, seguramente por ser extremeño. Aunque pueda parecer que no hay razón alguna para que un extremeño no pueda triunfar en el atletismo, en este caso hay que reconocer que la razón de su fracaso fue, sin duda, su lugar de origen. Este compañero había corrido las pruebas intercolegiales de Murcia ya las había ganado con gran autoridad por lo que fue seleccionado para representar a nuestra ciudad en las nacionales. La prueba se celebró aquel año en la localidad de Cartagena en un circuito que discurría en un tramo cerca del mar. Nuestro compañero, como señalo, era extremeño y jamás en su vida había visto el mar, así que cuando tomó la salida y pasó junto a un promontorio desde el que había una hermosa vista sobre el Mediterráneo se entusiasmo con la visión; se sentó a contemplar el paisaje olvidándose por completo de la carrera. Al término de la prueba tuvieron que ir a buscarle ya que ni se enteró de que la carrera había terminado. Ni que decir tiene que le descalificaron pero no le importó, aquel día descubrió el mar y no le preocupó perder aquella oportunidad. De esta manera fue como aquel buen atleta perdió su gran oportunidad de haber destacado por el simple hecho de haber nacido en Extremadura.

En cualquier caso, esta historia no pretende narrar el día en que aquel compañero descubrió el mar, si no de otro descubrimiento, uno bastante menos prosaico por cierto, y del cual fue protagonista nuestro amigo Abadías.

Una noche en que estábamos acostados hacía algún tiempo y se había hecho el completo silencio en el dormitorio, la cama de Abadías se puso a rechinar de una manera harto sospechosa. Era un ruido armónico y acompasado, distinto de los movimientos bruscos que se hacen cuando buscas la mejor posición para dormir. Todos sabíamos qué significaba aquel ruidito característico, no en vano en un momento u otro todos los demás habíamos puesto la litera al mismo compás.

Mientras la litera de Abadías seguía con su musiquita, los que estábamos en situación mas ventajosa vimos aparecer una figura regordeta y silenciosa con bata de estar por casa que se recortaba en la luz que entraba por la ventana. Era la silueta inconfundible del director con su peculiar andar cansino y parsimonioso haciendo balancear su cabeza hacia delante y hacia atrás. Era relativamente frecuente que viniese a hacernos una visita sorpresa para ver como andaba todo, nuestro dormitorio, como ya he dicho, estaba situado debajo de su casa. Aquella noche, afortunadamente, todo estaba en absoluta calma a excepción del famoso ruidito. Enseguida, y como un imán, el Jefe se fue dirigiendo por el oído buscando aquella significativa musiquita. Hubo varios intentos de avisar a nuestro compañero Abadias, pero dado que la proximidad del director no nos permitía ser demasiado expresivos en el aviso, y que nuestro compañero tampoco estaba en aquel momento por labores de escucha, Abadías ni se enteró de lo que se cocía alrededor suyo. El "ñiki-ñiki" de la litera no cesó y don Manuel, entrado en años pero fino de oído, se fue acercando sigilósamente como una culebra a un pájaro. A esas alturas, todos en el dormitorio estábamos informados de la presencia del Jefe y expectantes ante el desarrollo de los acontecimientos. Todos estábamos advertidos menos Abadías que sostenía un diálogo -no precisamente sordo- con su líbido. Como era de esperar, finalmente, don Manuel dio con la litera musical. En cuanto nuestro infortunado compañero se dio cuenta de su presencia el ruidito cesó instantáneamente, pero ya era demasiado tarde, había sido descubierto como dicen en el Decamerón haciendo cantar al pájaro.

El silencio se hizo sepulcral, una pluma de ave que hubiera caído al suelo hubiéramos podido oírla. Tal como hacía siempre nuestro director, golpeó repetidamente con su anillo en el hierro de la litera como carta de presentación y luego su voz sonó gangosa en la oscuridad como si fuese la voz de la conciencia, con un tonillo que pretendía ser paternal:

¡Abadías!... ¡Abadías!... No puede ser..., no puede ser... -Nuestro director tenía la rara habilidad de hablar en estéreo, solía repetir las palabras de advertencia dos veces- Claro... Claro..., no nos importa pedir vitaminas y luego por la noche venga, a engrasar el canuto. ¡Abadías no comprende usted que eso es una cobardía...!, ¡cinco contra uno...!

Todo los que estábamos oyendo los comentarios del director tuvimos que hacer un esfuerzo para no prorrumpir en una carcajada. Tuvimos que ahogar nuestra risa entre las mantas. La situación era tan cómica que no todos pudieron contenerse y, de fondo pudo oírse alguna que otra risa sorda que se escapaba entre los ruidos precipitados de las mantas al taparse la boca. Don Manuel paró un momento escuchando el ambiente que volvió instantáneamente a la tranquilidad mas absoluta. Luego continuó con el estéreo puesto:.

Venga..., venga..., Abadías. Mañana, mañana hablaremos de sus ocupaciones nocturnas. Ya le explicaré yo a Vd. cuatro cosas sobre sus costumbres.

El silencio en el dormitorio se podía cortar con un cuchillo. Ninguno nos atrevíamos siquiera a cambiar de posición en la cama para evitar ruidos conflictivos. Luego con su paso cansino y su cabeza bailándole sobre los hombros abandonó dignamente nuestros aposentos. Abadías no osó ni respirar y nosotros tuvimos que mordernos los chistes sarcásticos que nos bailaban en la punta de la lengua.

Seguramente esa noche Abadías durmió en la misma posición toda la noche por temor a moverse. De cualquier modo, pese al incidente, las camas siguieron gimiendo en las noches que siguieron, pero curiosamente la de Abadías quedó en silencio durante mucho, mucho tiempo. Más tarde, recordando este episodio tuve mis dudas sobre si la líbido de Abadías pudo llegar a ser la misma a partir de aquella noche. Hay que reconocer que tuvo que ser muy duro para su estabilidad hormonal que en los dulces pensamientos que en aquel momento tuviese, se metiese de improviso nuestro director en bata de estar por casa.



Capítulo V - Los prismáticos de la fortuna

3º curso - 1964
(13 años)

La situación del colegio era francamente privilegiada. Estaba enclavado formando uno de los vértices de un triángulo peculiar. En un lado, un convento de monjas de clausura, en otro un lugar llamado la cuesta de la Magdalena y, obvio es señalar por su nombre, que la cuesta tomaba tal denominación debido a que allí se ejercía el oficio más antiguo del mundo, y cerrando el triángulo, el colegio.

Nuestro patio estaba delimitado por la parte trasera del convento con sus altas paredes y luego, a continuación de la pared del convento, una pared más alta todavía rematada con una tela metálica. Esta amplia pared discurría a todo lo largo del patio no olvidemos que era un cine de verano separando nuestro campo de juegos de una de las calles más reputadas de la ciudad, nunca mejor dicho lo de reputadas.

La cuesta de la Magdalena era un espacio abierto de en el que habían varios bares de luces tenues y rojizas, alguna pensión barata y unas cuantas prostitutas ya entradas en años que, al caer la tarde, deambulaban por el lugar o estaban paradas en un portal buscando compañía masculina.

Aquella actividad era conocida por todos nosotros, pero éramos bastante ajenos a ella ya que, aunque muy próximos, nunca teníamos posibilidad de ver nada de todas aquellas actividades. La pared que nos separaba era muy alta para poder atisbar y desde las ventanas de los dormitorios apenas se podía distinguir nada debido a la altura que apenas dejaba ver naa y además estaba la tela metálica. En cualquier caso, desde los dormitorios aquel paisaje nos quedaba muy lejos para poder apreciar los detalles y la actividad más importante se llevaba a cabo a horas en las que nosotros ya estábamos durmiendo hacia mucho tiempo. Solamente había un lugar en el colegio desde el que se podía ver con cierta facilidad aquella zona con sus bares y sus paseantes: la azotea. En alguna ocasións habíamos subido a mirar ya que aquello nos parecía fascinante por lo prohibido, pero más que ver, en realidad lo que hacíamos era imaginar las cosas ya que desde aquella distancia apenas si se podía distinguir nada. Sin embargo todo aquello cambió un cierto día.

Aquel año Jorge había tenido de nuevo la fortuna de poder pasar las vacaciones con su madre en Francia y ese año trajo en su equipaje, entre otras muchas cosas unas camisas con cuello tipo Mao -aquello era moda rabiosa- que nos dieron mucho partido, un pick-up con unos discos fantásticos que dieron lugar a otra historia que contaré en otro capítulo y, además, un objeto realmente milagroso: unos prismáticos.

Los prismáticos eran pequeños pero muy potentes y por la forma que tenían apenas si se podían identificar como lo que eran. El objeto era una especie de caja metálica de reducidas dimensiones y bastante plana que apretando un resorte se levantaba y dejaba paso a la óptica. Al principio no supimos apreciar las posibilidades del objeto y lo teníamos en la taquilla sin hacerle demasiado caso, pero era obvio que tarde o temprano acabaríamos viéndole las posibilidades.

Una tarde estábamos charlando y mirando a través de la ventana del dormitorio y se nos ocurrió que los prismáticos irían estupendamente para ver la famosa cuesta. Como la tela metálica nos impedía poder ver con claridad, decidimos subir a la azotea. Desde allí, con los prismáticos, podíamos ver perfectamente la fatídica calle pero era demasiado temprano y no había movimiento, así que decidimos esperar a después de cenar para echar una mirada más detenida.

Después de cenar, mientras los demás se preparaban para meterse en la cama, nosotros nos fuimos a nuestro observatorio a contemplar el espectáculo. Aquella hora si que era más interesante. A través de los prismáticos podíamos ver con detenimiento el deambular de los hombres acercándose a alguna de aquellas mujeres. Imaginábamos las conversaciones comerciales que mantenían. Veíamos la tenue luz de los bares y cómo las parejas entraban de vez en cuando en alguna de las pensiones. Jorge y yo nos íbamos turnando en el uso de los prismáticos y el que miraba no solo iba narrando al otro lo que veía, sino que además le ponía el diálogo que le parecía mas sugerente a la película muda que discurría ante sus ojos. Cuando nos cansamos de estar allí mirando el espectáculo y creímos que lo prudente era retirarnos, abandonamos nuestra improvisada atalaya y volvimos a los dormitorios.

Aquella experiencia, naturalmente, se repitió en otras ocasiones. El asunto era interesante y lo comentamos con algunos compañeros. Naturalmente todo aquel que tuvo noticia del asunto quiso apuntarse a las visitas a la azotea. Cada vez que subíamos a nuestro observatorio era mayor el número de compañeros que nos acompañaban. Ante el éxito de crítica y público que teníamos, decidimos sacar partido al asunto y comenzamos a alquilar los prismáticos. La verdad es que fuimos generosos y no abusamos de nuestra posición de privilegio. El pago era justo y se podía hacer de las más variadas maneras: dinero, tabaco, comida, presentación de alguna amiga o algún servicio concreto que el compañero de turno fuese capaz de suministrarnos -deberes, chuletas, etc-. Prueba de que no abusamos de nuestra situación fue que a muchos de ellos les fiábamos el alquiler para cuando estuviesen en disposición de pagarnos. Siempre nos fue positivo tener compañeros agradecidos. Pero evidentemente el asunto era demasiado bueno para durar.

No se si las citas en la azotea llegaron a oídos de algún pasante o si alguno de ellos se extrañaría del continuo deambular de personas a horas poco propicias camino de la azotea. Teniendo en cuenta que allí solo se subía ocasionalmente para tender alguna prenda que nosotros mismos nos habíamos lavado, imagino que a alguien le sorprendería tanta limpieza y sobre todo a esas horas.

Una noche de sábado que eran las mas sabrosas , estábamos agazapados seis o siete compañeros tras la baranda contemplando el espectáculo cuando hizo acto de presencia uno de los pasantes. No tuvimos escapatoria, nos cogió con las manos en la masa, es decir, con los prismáticos en la mano. El "chorreo" que nos largó fue el adecuado al momento. Se puso místico y nos habló del bien y del mal, del cielo y del infierno y de lo divino y lo humano. Luego utilizando un estilo más mundano y que le era mas propio nos sacó de la baranda a capones, nos requisó el arma del delito y nos envió al dormitorio diciéndonos que daría parte al director quien sería el que, finalmente, dictaría nuestra sentencia definitiva.

Todos salimos de allí con el rabo entre las piernas y con la espada de Damocles del castigo pendiendo sobre nuestras cabezas. Imaginábamos que al día siguiente, durante la comida o en estudio, cuando estábamos todos presentes, el director marcaría nuestro castigo en público para escarmiento nuestro y advertencia a los demás.

Lo extraño fue que aunque estuvimos esperando con el corazón encogido, nada sucedió. Ni en el salón de estudio, ni en el comedor rodaron nuestras cabezas. Ante la pasividad reinante llegamos a pensar que debía tenernos reservado algo más sofisticado y estaba esperando el momento propicio mientras nosotros nos deshacíamos por los nervios. Pero lo extraordinario fue que los días pasaron y nada sucedió. Finalmente, ante la falta de respuesta, respiramos aliviados y pensamos que algo había sucedido que nos había librado del castigo. No sabíamos qué había podido ser, pero no nos importaba y, por supuesto, ninguno de nosotros iba intentar averiguar qué era lo que había evitado nuestro escarmiento.

Algún tiempo después, un sábado por la noche, Jorge y yo nos encontrábamos en los lavabos comentando los avatares del día. Las luces del dormitorio ya se habían apagado hacía tiempo y, de pronto, oímos voces que se aproximaban. Como medida de precaución nos escondimos en los retretes y, al poco, pudimos ver como un pasante y dos alumnos ya mayores pasaban charlando animadamente y se dirigían a la escalera que conducía a la azotea. Evidentemente decidimos seguirles, no era cuestión de perderse aquello. Sigilosamente fuimos tras ellos y cuando nos asomamos pudimos ver a los tres en cuclillas, agachados detrás de la baranda, mirando con los prismáticos la cuesta de la Magdalena. Entonces comprendimos por qué no habíamos sido castigados. El director nunca llegó a enterarse de lo que había pasado. El vigilante, en vez de informar, había decidido apropiarse de la idea y subía con sus compañeros a disfrutar el espectáculo.

Nosotros bajamos de nuevo a los lavabos con el mismo sigilo que habíamos subido. La verdad es que nos fastidiaba que nos hubiesen reventado el negocio y quitado los prismáticos, pero era evidente que no íbamos a reclamar ninguna de las dos cosas. Con la resignación que habíamos aprendido a tener, comentamos que fue bueno mientras duró y que las cosas tal como vienen se van. Un día, cuando ya casi nos habíamos olvidado de los famosos prismáticos, tuvimos la fortuna de verlos sobre la mesa de uno de los despachos auxiliares de los vigilantes. sin que nadie nos viese los cogimos y, en cuanto tuvimos la oportunidad, los rompimos. Era demasiado peligroso guardarlos pero tampoco queríamos que nadie disfrutase a expensas nuestra.

Dos trozos de cristal de la óptica de los prismáticos nos sirvieron para incrustarlas entre el dentado de un par de chapas de Coca-Cola. Nos quedaron estupendas y, durante algún tiempo, presumimos de tener las dos mejores chapas que había en el colegio. Todo el mundo quería jugar con nosotros para intentar ganárlas en el juego. Finalmente perdimos las chapas en el juego y de esta manera se fue el último vestigio de los famosos prismáticos que durante algún tiempo nos proporcionaron cierta fortuna.

Capítulo VII - Sentencia secreta

3º curso - 1964
(13 años)

Cómo ya he comentado, nuestro patio de juegos del colegio era, a su vez, el patio de butacas de un cine de verano: el cine Imperial, el único que quedaba en Murcia de ésta modalidad. Las sillas y el lienzo de la pantalla eran colocadas en mayo, con la llegada del buen tiempo. El cine funcionaba todo el verano y luego, a finales de septiembre, coincidiendo con nuestra reincorporación al colegio, eran retiradas y guardadas hasta el verano siguiente. Durante todo el invierno el amplio espacio que ocupaban las sillas, nos servía a nosotros de patio de recreo.

Durante el mes de mayo y algunos días de junio, que todavía estábamos en el colegio, nos veíamos obligados a cambiar nuestros juegos en el patio y adaptarlos al limitado espacio que nos dejaban las sillas. Era una incomodidad ya que no podíamos jugar cómodamente y los limitados juegos que practicábamos entre aquellas filas de asientos siempre se veían acompañados de algún que otro morado por los golpes que nos dábamos con ellas. Pero si la presencia de las sillas nos suponía un engorro a la hora del patio, por las noches la cosa cambiaba sobremanera. Dado que un buen número de ventanas del colegio daban al patio, teníamos el privilegio de poder ver el cine sin pagar un duro. ¡Bueno!, lo de poder ver las películas es un decir, ya que, por una u otra razón, siempre teníamos problemas para poder hacerlo. Cuando no había prohibición por castigo o por el tipo de película, era tal el número de espectadores ocasionales que todos los lugares desde los que se podía ver el cine estaban no ya ocupados, si no totalmente abarrotados. Como nuestro edificio en la parte antigua del colegio daba en una de sus fachadas al patio de butacas, había ventanas que permitían ver perfectamente la pantalla, pero otras estaban situadas tan oblicuamente que apenas si se podía ver la proyección en su totalidad.

Todos sabíamos cuales eran los mejores lugares para ver el cine perfectamente y con comodidad y, lógicamente, estos lugares eran los primeros en llenarse, de tal manera que si llegabas un poco tarde no encontrabas sitio material donde poder situarte y mucho menos sentarte.

Sin duda, el peor día era el lunes ya que se estrenaban las películas que luego se mantenían en cartelera durante toda la semana. Los lunes, indefectiblemente, o era el día en que más regían los castigos, y por lo tanto había una vigilancia más estrecha, o simplemente éramos tantos que no había espacio libre en ninguno de los lugares desde los que se podía ver la película con comodidad.

Esta historia corresponde a un lunes en que se estrenaba la película "La isla misteriosa", basada en la obra de Julio Verne. La película era atrayente para un público como el que formábamos nosotros y, naturalmente, el colegio en pleno decidió ir a verla. Afortunadamente, y contra lo que era costumbre, no había castigos colectivos que impidieran ver la película.

Jorge y yo ya habíamos hecho planes para esa noche y previendo una asistencia masiva habíamos decidido no acudir a verla esa noche y dejarlo para el día siguiente en que seguro que tendríamos más comodidades. Como sabíamos que esa noche todo el colegio vería la película, contábamos con que si se producía algún castigo colectivo este no sería prohibir el cine ya que no tenía sentido hacerlo, así que contábamos con poder acudir al cine como señores esperando tan solo un día. Tal como pensábamos, todos nuestros compañeros buscaron un sitio para ver la película mientras nosotros nos quedábamos charlando en el dormitorio donde estábamos completamente solos. Cuando comenzamos a oír la música de los títulos de crédito, la curiosidad y el interés pudo más que nosotros, era demasiada tentación oír aquella música de misterio y aventura y hacer oídos sordos a lo que se estaba proyectando. Naturalmente no tardamos mucho en decidir que nos incorporaríamos a la sesión cinematográfica.

Como era previsible y más teniendo en cuenta nuestra tardanza en decidirnos, todos los lugares que teníamos establecidos como buenos estaban totalmente ocupados. Preveíamos una afluencia masiva, pero incluso no tan masiva ya que había lugares que ni de pie cogíamos. En vista del resultado decidimos acudir a algunos de los lugares que ocupaban la segunda posición en comodidad. Estaban igual que los anteriores, atestados de gente. Volvimos al dormitorio pensando si merecía la pena seguir intentándolo. Jorge insinuó entonces la posibilidad de ir al tejado de la barbería y a mi no me pareció mal. El lugar no era ninguna gran cosa, tenías que estar sentado en un pequeño tejado clavándote los bordes de las tejas en el culo y, además, la pantalla no se veía frontalmente, sino un poco en ángulo. En vista del resultado de las anteriores tentativas, pensamos que aquel lugar seguramente estaría más despejado y quizás hubiese sitio para dos más, así que decidimos acercarnos. Como para ir allí debíamos dar una gran vuelta, debido a que de noche muchas puertas estaban cerradas, decidimos subir a la azotea desde donde podríamos asomarnos para comprobar si había mucha gente y de esta manera ahorrarnos el viaje.

Nuestro dormitorio estaba justo debajo de la azotea así que apenas necesitamos unos minutos para subir y echar un vistazo. Una vez en la azotea nos asomamos y, tres pisos mas abajo, vimos con desagradable sorpresa que el tejadillo de la barbería estaba completamente lleno de compañeros hacinados cómo gallinas en un gallinero. Todos estaban absortos mirando con atención la pantalla en que se veía un globo que era empujado por la fuerza del viento mientras la música de la película hacía presagiar que aquel globo iba a tener serios problemas. Cuando vimos a toda aquella gente allí abajo terminamos de desilusionarnos, estaba escrito que aquella noche no podríamos ver la película. Nuestra frustración ante la visión de nuestros arracimados compañeros duró bien poco. No recuerdo a cual de los dos se le ocurrió la idea, lo que si recuerdo con perfecta claridad es lo que se nos ocurrió.

En la terraza había un cubo que tenía atada una cuerda al asa. Aquel cubo era utilizado para izar la ropa desde la lavandería y tenderla a secar arriba en el terrado. En cuanto vimos el cubo, la idea surgió por si sola: aquel cubo estaba gritándonos: ¡utilizadme! y, naturalmente, no pudimos sustraernos a aquellos gritos. Lo hablamos entre nosotros y tratando de contener la risa que nos producía el imaginar la escena que íbamos a provocar, desatamos la cuerda y cogimos el cubo. Bajamos a los lavabos tratando de hacer el menor ruido posible para no ser sorprendidos por nadie, lo llenamos de agua y subimos de nuevo a la azotea. Cuando ya estábamos dispuestos a lanzarlo sobre nuestros incautos compañeros, se nos ocurrió mejorar un poco el programa. Como la vieja terraza era de tierra, cogimos varios puñados y los mezclamos con el agua. Pese a la oscuridad podíamos ver su aspecto amarronado y, naturalmente, aquello incrementó nuestras risas. Las carcajadas nos hacían llorar pensando en la escena que íbamos a desencadenar y la hilaridad fue tanta que tardamos en poder contenernos para poder lanzar el cubo. Finalmente, apoyamos el cubo en la baranda y a continuación lanzamos el contenido del cubo que fue a parar encima de nuestros inocentes compañeros.

Nada más lanzar el agua soltamos el cubo y salimos de allí tan deprisa como pudimos dirigiéndonos, precisamente, hacia el tejadillo de la barbería donde ellos estaban, no queríamos perdernos aquel espectáculo. Fuimos hacía allí a toda prisa y cuando ya estábamos cerca paramos en nuestra carrera y nos acercamos despacio cómo si también nosotros fuésemos a ver la película.

Para salir de donde estaban nuestros compañeros había que bajar primero del tejado y luego pasar entre dos barrotes de una ventana que estaban algo separados entre sí, la separación no era mucha pero permitía el paso de alguien que no fuese muy corpulento. El mayor problema era que junto a la ventana había un cable eléctrico que ya había sacudido más de un buen picotazo, así que el paso por los barrotes debía hacerse con el mayor de los cuidados. Pues bien, en aquella ocasión, a pesar de todas esas dificultades, pudimos ver cómo nuestros compañeros, llevando nuestra marca de barro y agua, pasaban entre los barrotes con una celeridad inusitada y sin tocarlos. Parecían conejos saliendo de su madriguera. Mientras los veíamos salir oíamos sus comentarios y los insultos que iban profiriendo precisamente hacia nosotros. Los oíamos despotricar contra quienes les había hecho aquello sin imaginar que los tenían delante. En apenas un momento hicieron un amplio repaso de todo su repertorio de tacos e insultos y todos dirigidos hacia nuestras humildes personas.

Nosotros, por nuestra parte, tratamos de poner la mayor cara de ingenuidad que pudimos cuando les preguntamos qué les había sucedido. Ellos, indignados, nos narraron con todo lujo de detalles, y desde su perspectiva, lo que se les había venido encima. Nos enteramos, de esta manera, cómo habían vivido ellos el acontecimiento desde su papel de victimas. Oímos su versión con todo lujo de detalles adornados con un nuevo conjunto de insultos de grueso calibre. Cuando el último de ellos desapareció, pudimos dar rienda suelta de nuevo a nuestra risa. Estuvimos un buen rato riéndonos y cuando ya casi nos dolía el estómago de hacerlo, decidimos irnos de nuevo al dormitorio. No teníamos ganas de sentarnos en el tejadillo a ver la película, ¡cualquier lo hacía!

Nuestra acción quedó, afortunadamente, en el más absoluto de los anonimatos, pese a los intentos que hicieron por encontrar a los culpable. Afortunadamente no consiguieron dar con nosotros, ya que si hubieran llegado a descubrirnos hubiéramos tenido que pagar con creces la broma. Por cierto es que, desde aquella noche, el tejado de la barbería dejó de ser un lugar frecuentado los días de cine. A partir de aquella noche ya nadie quiso arriesgarse a una nueva broma de parecidas características. Incluso nosotros, días mas tarde, tuvimos que buscar un nuevo sitio para ver aquella película.

Capitulo VIII - El caudillo de la nariz roja

3º curso - 1964
(13 años)

De todas las asignaturas que tuve a lo largo de los años, no hubo una más extraña que la clase de gimnasia. Nunca entendí que tuviésemos una asignatura dedicada a hacer ejercicio cuando a lo largo del día quemábamos energías en el patio con toda clase de juegos. En cualquier caso, dos veces a la semana durante el tercer curso salíamos al patio para dar aquella asignatura tan peculiar.
 
La clase tenía una duración de una hora y estaba dividida en dos partes: en la primera, durante quince o veinte minutos, solíamos hacer una tabla de gimnasia muy cursi y luego, en la segunda parte de la clase, nos dedicábamos a hacer algún tipo de deporte que solíamos elegir en función de si teníamos o no balón para practicarlo. Lo único bueno que tenía aquello es que podíamos disfrutar del patio para nosotros solos sin tener que compartirlo con cien compañero más. Lo más incómodo era tener que salir en pantalón corto a primera hora de la mañana en invierno ya que hacía un frío de mil diablos.

Sinceramente nunca fui demasiado deportista y aquellas clases tampoco lograron imbuirme de un mayor espíritu competitivo ni hacer de mí un atleta. Lo que, curiosamente, si lograron fue ampliar mi vocabulario. Me llamaba mucho la atención el lenguaje que utilizaba nuestro profesor para definir algunas posturas. Expresiones tales como: "decúbito supino" o "decúbito prono", pasaron pronto a formar parte de nuestro acervo cultural. Con aquellas clases aprendimos que panza arriba y panza abajo eran expresiones vulgares y que si querías ser un buen deportista tenías que decir “decúbito prono” que era la expresión adecuada.

La clase la impartía el mismo profesor que teníamos de política, que en aquellos tiempos se denominaba F.E.N., es decir: Formación del Espíritu Nacional. En aquella época los profesores de gimnasia eran los mismos que de F.E.N. y eran los encargados por el Sistema de velar por nuestra salud física y nuestra afección al régimen. Pese a que nuestro profesor era un falangista confeso y convencido, lo cierto es que su clase de política no estaba especialmente politizada entendiendo esta afirmación en el sentido de que no nos lavaba el cerebro más que el resto de los profesores, eso sí, en cada uno de los exámenes que realizábamos añadíamos al final del mismo las palabras rituales de ¡Viva Franco! y ¡Arriba España! No era obligatorio, pero nosotros, largos de entendederas, sabíamos que aquello podía ser un buen punto a nuestro favor si en el examen flojeábamos, así que más que vivas al Régimen lo que hacíamos era congratularnos con el profesor para que tuviese una buena predisposición hacia nuestros limitados conocimientos. Visto con la perspectiva de los años creo que lo que aquel hombre hacía era intentar ganarse la vida más que intentar ganar adeptos para la causa del Movimiento Nacional.

Teniendo en cuenta el entorno en el que estábamos, con profesores militares y nuestros propios orígenes, es fácil adivinar que allí todos éramos de Franco, aunque nosotros eso de ser de Franco no sabíamos en realidad qué significaba. En el colegio nunca cantamos himnos políticos, canciones militares o cosas similares. Si nuestra enseñanza se produjo bajo el influjo del Nacional Catolicismo, en el aspecto de cánticos y dogmas, estábamos mucho más apegados a la parte católica que a la nacional. Era mucho más significativo el discurso religioso que el político. Eso no quiere decir que, ocasionalmente, no tuviéramos algún ejemplo práctico de la política que allí se seguía y más de un compañero sufrió en sus propias carnes alguna lección de política aplicada.

Como ejemplo de las lecciones prácticas que en ocasiones se nos impartían, sirva un detalle. Ocurrió a la hora del desayuno. Mientras todos comíamos en relativo silencio el triste chusco de intendencia acompañado de lo que podíamos pillar, el subdirector, don Filomeno paseaba vigilante entre las mesas y con aire pensativo. De pronto, como si se despertara, se dirigió con rapidez hacia uno de nuestros compañeros y sin mediar palabra alguna le propinó una tremenda bofetada que hizo que nuestro infortunado compañero diera con su culo en el suelo al ser desplazado del banco. El insigne docente nos impartió su lección a voz en grito ya que, aunque se dirigía a nuestro estupefacto compañero, su alocución era para todos nosotros: "¡¡Coja Ud. la cuchara con la mano derecha, aquí todos somos de derechas!!". Más claro: agua. Allí no se podía ser de izquierdas ni a la hora de coger la cuchara. Los zurdos eran reconvertidos por la vía directa.

Dentro de este esquema, podríamos decir que nuestro profesor de gimnasia y de política era normal y no se distinguía del resto. Nuestras clases con él, como digo, seguían un patrón absolutamente preestablecido, sin embargo, aquel día nuestro profesor estaba comunicativo contra lo que era su costumbre. Comenzó a charlar con nosotros de diferentes actividades deportivas y así fue como nos enteramos de que era cinturón negro de judo, o por lo menos eso es lo que nos dijo. Naturalmente la noticia causó una profunda impresión en toda la clase. Estábamos deslumbrados por el asunto y él, se sentía como un personaje famoso asediado por sus admiradores. Dialogando sobre el asunto nos contó una historia acerca de un cierto encuentro que tuvieron él y dos compañeros judokas también, con unos gamberros en París. Ni que decir tiene que los gamberros acabaron muy mal a manos de nuestros campeones que dejaron la enseña nacional muy alta. Les dieron una paliza a los sórdidos gabachos y ¡además en París! Nosotros estábamos entusiasmados con el asunto, nuestros comentarios eran todos de admiración y, como era de prever, acabamos pidiéndole que nos enseñara alguna de las maravillosas tretas que él debía conocer para poder librarnos de nuestros enemigos.

Nuestro profesor, tras el clamoroso éxito de popularidad obtenido tras la narración de su aventura, se mostró absolutamente dispuesto a compartir con nosotros sus conocimientos de judo y demostrarnos en la práctica cómo debían realizarse las llaves y los distintos movimientos. Todos estábamos ansiosos por empezar la demostración, el que más y el que menos tenía algún enemigo del que quería dar buena cuenta. Así que, de esta manera, llegó nuestra primera lección de judo de la mano de nuestro maestro.

A una indicación suya toda la clase nos colocamos en círculo a su alrededor. Él, en el centro del grupo, iba comentando detalles de este deporte pero nosotros no queríamos retórica, lo que queríamos eran datos prácticos que nos permitieran ser armas letales para nuestros adversarios.

Nuestro profesor, viendo nuestra ansia y nuestra impaciencia decidió hacer una demostración de sus habilidades y sacó al azar a uno de nosotros. La elección recayó en Jorge que salió al centro del círculo que formábamos esperando nuevas instrucciones. El profesor girando sobre si mismo para poder dirigirse a todos los que le rodeábamos, nos mostraba un bolígrafo que tenía en la mano diciéndonos:

¡Atended todos!, esto que tengo en la mano será el cuchillo con el que voy a atacar a vuestro compañero. Primero veremos como reacciona él, comentaremos los errores que pueda cometer y luego mostraremos la forma más adecuada para enfrentarnos a un enemigo que nos ataca con un arma blanca.

Luego volviéndose hacia Jorge le dijo:

Tu imagina que soy un enemigo que se prepara para atacarte con un cuchillo –mientras hablaba sostenía el bolígrafo a la altura de su barriga apuntando con él a Jorge y tú trata de defenderte del ataque. No te preocupes de que sea tu profesor, no tengas miedo de hacerme daño, tú haz todo lo que puedas, defiéndete del ataque como lo harías en un caso real.

El profesor, moviendo ligeramente el bolígrafo a izquierda y derecha, comenzó a acercarse a Jorge lentamente en actitud agresiva, con las piernas ligeramente separadas y con movimientos oscilantes que presagiaban que tenía todos sus músculos en tensión. Su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante nos hacía ver que todo él era como un resorte a punto de saltar, nosotros casi conteníamos el aliento. Jorge comenzó a retroceder tan despacio como avanzaba nuestro profesor y se mostraba algo remiso a hacer algún tipo de acción. Cuanto más intentaba acercarse uno, más retrocedía el otro. Cuando el profesor con un gesto le cortaba el paso por un sitio, Jorge giraba y retrocedía hacia el otro. Ante una actitud tan poco combativa por parte de Jorge nuestro profesor comenzó a impacientarse del juego del gato y el ratón y le dijo:

¡Venga hombre!, sin miedo, no seas niña, defiéndete de una vez que no te voy a hacer nada.

Seguramente Jorge no debía tenerlo tan claro como nuestro aguerrido profesor ya que su actitud no dejaba lugar a dudas: seguía retrocediendo lenta y prudentemente. Ante aquel comportamiento tan esquivo nuestro profesor de judo decidió emprender una acción más determinante y lanzó una especie de estocada al aire con el bolígrafo mientras reforzaba su movimiento con una exclamación gutural que se suponía debía intimidar a su oponente. No sé si fue el gesto, la exclamación gutural o lo propicio del momento lo que le debió servir de acicate a nuestro compañero, lo cierto es que, sin pensárselo dos veces, Jorge reaccionó y le atizó de forma fulminante una tremenda patada en la mano armada. El bolígrafo salió despedido por los aires y fue a parar al otro extremo del patio haciéndose añicos mientras que la mano de nuestro profesor, por la inercia de la patada y dado que estaba algo inclinado hacia delante, le golpeó en la nariz con tal violencia que ésta comenzó a sangrarle abundantemente.

Todos nos quedamos perplejos ante el desarrollo de la clase práctica y Jorge, además de mudo, acojonado por el resultado de su acción. El profesor se dirigió inmediatamente a uno de los grifos que había en el patio y logró cortar la hemorragia de su nariz no sin algunos esfuerzos. Nosotros mientras tanto esperábamos entre murmullos sin saber muy bien qué hacer.

Al poco, una vez recuperado el ánimo y aliviada la hemorragia, regresó de nuevo nuestro cinturón negro y dijo:

No ha sido nada, estas cosas ocurren a veces cuando se practican deportes de acción. No ha sido más que un accidente sin importancia. No hay de qué preocuparse. Bien, sigamos con la clase. Ahora lo haremos a la inversa.

Y nuestro profesor buscó nuevamente a Jorge que, cautelosamente, se había apartado del centro de atención y había pasado a un discreto segundo plano. Cuando finalmente lo localizó le dijo:

Ahora toma tú un bolígrafo y trata de atacarme, yo me defenderé del ataque.

Jorge se olió lo delicado de su situación e intuyó, inteligentemente, que estaba en un terreno muy resbaladizo para su integridad física. Todos sabíamos que como no andase con cuidado le costaría caro haber destrozado aquella aureola tan recientemente ganada. Se cambiaron los papeles en el juego del ataque, pero no las actitudes, ya que Jorge, pese a llevar el "cuchillo" retrocedía más que atacaba. Nuestro compañero trató durante un rato de mantener una prudencial distancia de seguridad entre ambos moviendo el bolígrafo de izquierda a derecha y de arriba a abajo. Nuestro cinturón negro esperó inicialmente la acción de Jorge, pero ya no estaba para muchas zarandajas y viendo que nuestro compañero no se decidía en su ataque, fue él mismo el que se abalanzó hacia su oponente. Antes de que Jorge pudiese reaccionar lo cogió por el brazo armado y dio un fuerte tirón del mismo. Nuestro compañero se vio obligado a dar un paso hacia adelante, circunstancia que el profesor aprovechó para pasarle el brazo entre las piernas agarrándolo luego por la muñeca y cogiéndolo por los pelos con la otra mano. En esta difícil posición, Jorge se vio obligado a bailar una extraña danza ya que su propio brazo, sujetado fuertemente por detrás, le presionaba sus partes más nobles y le hacía andar inclinado, de puntillas, y con una expresión de dolor en la cara.

Nuestro profesor mantuvo un buen rato a nuestro compañero en tan difícil posición mientras nos explicaba los pormenores de la llave que acababa de ejecutar. Por los quejidos de Jorge pudimos comprobar que él estaba más pendiente de su anatomía que de las explicaciones. Cuando el profesor consideró que su honor de judoka había sido lavado convenientemente, lo soltó. Luego dijo:

Así se hace una presa eficaz. Espero que hayáis tomado buena nota y recordéis cómo se hace para cuando necesitéis ponerla en práctica.

Luego, sin abandonar su dignidad, cogió su carpeta y se fue con su nariz roja. Todos nos quedamos allí reflexionando sobre lo que habíamos tenido oportunidad de ver. Desde ese día nunca más me llamó la atención eso de la defensa personal y, que yo supiese, ninguno de mis compañeros de clase volvió a sugerir nada sobre nuevas lecciones de judo. Creo que todos tuvimos suficiente con una sola clase y Jorge más que ninguno.

Capitulo VI – El desfiladero francés

3º curso - 1964
(13 años)
 
Tercero fue un curso más complicado. Hasta ese año más o menos me había defendido con cierta holgura, pero aquel curso se me empezaba a hacer bastante cuesta arriba. Veía que las asignaturas comenzaban a ponerse difíciles, que mi preparación tenía muchas lagunas y que, sobre todo, el plantel de profesores que tenía añadían una dificultad notable a los ya de por sí difíciles conocimientos que tenía que adquirir.

Aquel fue el año de mi primer encuentro docente con el cura Merino -el cura del colegio y capellán castrense por añadidura- y que me acompañaría en todo mi periplo estudiantil hasta el final de mi estancia en el colegio. En tercero daba como asignatura religión, pero en otros cursos daba además de esta asignatura, latín y griego, así que abarcaba todo un amplio abanico de asignaturas, todo ello sin mencionar que nos daba misa diaria y era quien controlaba nuestras confesiones, así que planeaba sobre nuestras cabezas de forma constante y desde distintas perspectivas. Nuestras relaciones se torcieron en el mismo inicio de curso y jamás se enderezaron en todos los restantes años que tuvimos que soportarnos mutuamente. Pero las hostilidades entre ambos todavía no se habían roto así que el cura fue aquel año simplemente uno más entre los curiosos profesores que me tocaron.

Aquel año estaba don Celedonio que me daba Formación del Espíritu Nacional y que estaba como una verdadera sonaja. Tuve en dibujo a don Zacarías, un pasado de rosca y de alcohol, pero que terminó poniéndome un ocho a final de curso, por lo que no lo consideré tan malo después de todo. Tuve a don Manuel, director del colegio al que todos llamábamos “el Púa” aunque ignoro por qué ya que el mote era anterior a mi llegada. El Púa nos daba ciencias naturales y huelga decir que, lógicamente, fue la asignatura en la que más trabajé por ser el director. Aunque en apariencia su categoría de doctor podría parecer que le daba un aire más docente, en realidad lo que imperaba en él era su categoría de comandante. Sirva como ejemplo de su carácter docente que estando en clase de ciencias naturales preguntó a un compañero sobre la estrella de mar. El director escuchaba las titubeantes explicaciones del alumno y en un momento determinado le preguntó: “¿Qué tipo de simetría tiene la estrella de mar?”. Huelga decir que a nuestro compañero aquello le sonó a chino y que enmudeció, así que el director en un intento de darle un empujoncito le dijo: “la estrella de mar posee simetría ra... ra...” Pese al intento, nuestro compañero no cogía onda del asunto y por su expresión se notaba que era como intentar que un chimpancé recitase la tabla periódica de los elementos. El director, en vista de que no conseguía resultados, finalmente decidió terminar su propia frase: “la estrella de mar posee simetría ra... radial...”. Nuestro infausto amigo encontró una especie de hueco por la que aportar algo de su conocimiento y remató la frase del director añadiendo...”simetría radial como la bicicleta”. La reacción del director no se hizo esperar, le propinó tamaña bofetada que nuestro compañero salió despedido con violencia de la tarima donde estaba y con el impulso atravesó toda la clase en un equilibrio precario hasta que fue a dar contra la puerta de entrada a clase que, afortunadamente, aunque era de cristales no se rompió. Ese día aprendimos que las bicicletas y las estrellas de mar no estaban en la misma rama biológica y aprendimos también que más valía mantener la boca cerrada, porque todo lo que dijésemos sería, sin duda, utilizado en nuestra contra de una forma más bien violenta.

Además de estos teníamos a don Crisanto que, aunque en teoría lo suyo fuesen los números y las matemáticas, la realidad es que era un entrenador de fútbol frustrado. En sus clases los lunes estaban dedicados a discutir de los partidos del domingo y los viernes a discutir la quiniela que indefectiblemente siempre hacia. Yo en eso del fútbol no estaba muy puesto y al final de curso la nota final que conseguí fue un dos, pero aunque no conseguí aprender matemáticas, si conseguí saber que había un extremo izquierdo veloz y habilidoso que se llamaba Fleitas, que jugaba en el Málaga y que era una promesa futbolística de primer orden. No sé si aquello la aprendí porque era el tema más recurrente de sus lecciones o si, por el contrario, esa información me calaba más fácilmente que los números, en cualquier caso como los exámenes eran sobre números, lo de Fleitas no me sirvió de mucho para conseguir una nota decente.

En francés tuve a un ex-combatiente de la División Azul cuyo nombre he olvidado y el rumor que corría es que había aprendido el idioma estando prisionero de los rusos, aunque eso nunca se pudo confirmar y, visto en perspectiva, no parece que estar prisionero de los rusos pudiese enseñar mucho francés. Entre clase y clase nos contaba mil y una batallas de sus andanzas por tierras soviéticas. Por lo que contaba, la guerra le había dejado algunas herencias bien visibles: problemas de estómago por restos de metralla y algunas manías muy raras. De vez en cuando se quedaba con los ojos en blanco, mirando al infinito y parecía totalmente ausente, luego volvía en sí y continuaba como si tal cosa. Era un manojo de tics pero nosotros nos guardábamos muy mucho de hacer bromas al respecto ya que sus ataques de ira eran bien conocidos. Había cosas con las que no se podían jugar.

Ignoro cuales serían los conocimientos de francés de nuestro profesor y si estaban avalados por algún tipo de título. Por lo que nos contaba debió ser un gran combatiente, pero desde luego lo que no tenía era mucha capacidad docente. En sus clases se limitaba a ponernos una larga lista de palabras en francés y su significado en castellano y hacer que las aprendiéramos de memoria. La palabras siempre eran sustantivos así que para nosotros en francés no existían ni adjetivos, ni pronombres, ni preposiciones, nuestro francés era solo una larga lista de nombres. Unos nombres, además, muchos de los cuales seguramente jamás aparecerían en una conversación normal. Yo no me imaginaba hablando con un francés y sosteniendo una conversación sobre “le mouton”, ósea el carnero, pero era lo que nos tocaba aprender. Esta historia, precisamente, tiene su origen en su asignatura o mas concretamente, en uno de los diversos exámenes que tuvimos que hacer a lo largo del curso.

Una de las cosas más familiares para todos los estudiantes son las famosas "chuletas". Ni que decir tiene que allí, no solamente se hacían como en cualquier otro colegio, sino que incluso habían dado lugar a un floreciente mercado en el que los expertos en hacerlas vendían su mercancía al mejor postor. Se hacían por encargo con precios pactados, o se intercambiaban las ya hechas por algún otro tipo de producto. Algunos compañeros eran verdaderos artistas en confeccionarlas, pero también es cierto, que la mayoría de los profesores eran expertos en detectarlas. En algunas ocasiones era incluso un desafío personal para los alumnos esconderlas y que no fueran detectadas y para los profesores un alarde de habilidad el localizarlas. El tema de las chuletas era más un desafío personal entre ambos bandos que la utilidad que pudieran tener durante el examen. Había habido ocasiones en que algunos profesores nos habían cacheado antes de entrar al examen, y nuestro profesor de francés también había recurrido en alguna ocasión a esta práctica. El problema que teníamos con él era doble, por una parte debíamos pasar el registro previo a que se nos sometía y luego debíamos burlar su vigilancia y utilizarlas en el examen.

Yo, el tema de las chuletas lo llevaba francamente mal, era malo haciéndolas y peor utilizándolas, pero como era una actividad que gozaba ya de gran tradición, todos las realizábamos de una manera o de otra. Además, descubrí, que hacer chuletas era una buena forma de estudiar, así que me daba buen resultado hacerlas aunque luego no las utilizase en el examen.

Días antes a uno de los exámenes habíamos estado discutiendo sobre el asunto y habíamos llegado la conclusión de que lo más hábil para evitar que las encontrase en el registro era simplemente no llevarlas. Eso no quiere decir que renunciábamos a ellas, sino que la idea era que las chuletas ya estuvieran en clase antes de que nosotros llegásemos, para lo cual, deberíamos haberlas escondido en clase previamente. En esas estábamos cuando nos enteramos que la clase que teníamos antes del examen no se celebraría por ausencia del profesor, así que entre todos maquinamos una estratagema para poder colocar las chuletas sin demasiados problemas.

Eran aproximadamente las tres de la tarde y todos los de tercer curso estábamos en el salón de estudio preparando el examen de francés previsto para las cinco. Todos estábamos ya advertidos de cual iba a ser la estrategia a seguir. A las tres y media los cursos serían llamados a clase a medida que los profesores fuesen llegando. La llamada siempre la hacía el primer alumno que veía al profesor.

A las tres y media un alumno dio la voz de rigor, y tercero en pleno nos levantamos con la mayor naturalidad para ir a una clase inexistente. Nadie nos puso reparo alguno y nos encaminamos a nuestra clase, situada en una sala que se abría junto al patio interior abierto que se correspondía con la antigua entrada principal del palacio. Era un patio a cielo abierto y el acceso a las clases de hacía a través de una galería de madera colgada sobre el patio uno de cuyos lados estaba condenado ya que por la vejez se había producido un desprendimiento y era peligroso. Así que el acceso y la salida debían hacerse por el mismo lado, por la galería que se convertía en un estrecho pasillo suspendido sobre el patio.

Conforme a lo planeado, comenzamos a diseminar chuletas por doquier, en los bancos, en los agujeros de la pared, hubo quien incluso escribió en la mesa del banco alguna cosa en clave. Al comienzo nuestra labor se desarrolló en el más escrupuloso silencio pero luego, como ocurre en estas ocasiones, la situación se fue descontrolando y se perdió la más elemental prudencia. Comenzaron las bromas; el tono de los comentarios se elevó; los chistosos de la clase se hicieron con el dominio de la situación y, finalmente, todo se transformó en juerga, gritos y risas. El asunto subió tanto de tono que, cuando más revolucionados estábamos, contra todo pronóstico el director hizo acto de presencia en la puerta de la clase.

Su presencia nos dejó pasmados. La visión de su bata blanca de médico y su cara de pocos amigos hizo que cundiese el pánico entre todos nosotros. Todo el grupo nos quedamos quietos, congelados en nuestros sitios. Era como un depredador que sorprende en su madriguera a un puñado de víctimas. Sabíamos que quien moviese un músculo era hombre muerto. Cualquier movimiento por sutil que fueses con toda seguridad atraería su atención y sería la primera victima. Formábamos un cuadro pintoresco, allí todos quietos y el director en el dintel de la puerta mirándonos con los ojos inyectados en sangre. Era como un zorro en la puerta de un gallinero y, naturalmente, nosotros éramos las gallinas que no se atrevían a mover ni una pluma.

Comenzó, como en él era habitual hablándonos con voz queda. Sabíamos que era la fase preliminar, los prolegómenos. Luego el tono se iría incrementando y vendría la siguiente fase que, sin duda, sería menos verbal y mucho más práctica. Efectivamente así fue. Poco a poco comenzó a acalorarse subiendo el tono de sus palabras e insultos y cuando ya estaba en su punto álgido, comenzó a gritarnos que saliéramos de allí. Todos sabíamos lo que aquello significaba, como un buen estratega él tenía el dominio de la puerta. Nosotros despertamos de nuestra inmovilidad y nos preparamos para enfrentarnos a nuestro destino.

El primero que intentó cruzar aquel desfiladero fatal no lo hizo por voluntad propia, sino porque era el más próximo a la entrada. La sonora bofetada que le propinó el director hizo estragos en nuestro ánimo y nos informó crudamente de cual sería nuestro destino. Lo que ninguno de nosotros pudo prever fue la cadena de acontecimientos que aquella bofetada acabaría desencadenando.

Con la violencia del golpe, del bolsillo superior de la bata, a nuestro director le saltó una ampolla de inyección que describió un pequeño arco y, naturalmente, se hizo añicos al estrellarse contra el suelo. La visión de la mancha del líquido y los cristalitos esparcidos por el suelo fue una visión que le enfureció todavía más. El siguiente en pasar por aquellas horcas caudinas fue Jorge, pero en esta ocasión, y ante la experiencia sufrida, nuestro director decidió cambiar de táctica y optó por un método más expeditivo; sacudirle una solemne y tremenda patada en el culo. El resultado fue todavía peor pues, con el pequeño saltito que dio para tomar impulso y el giro que tuvo que hacer para seguir la trayectoria del ágil culo de Jorge, la pluma que llevaba en el bolsillo fue al suelo separándose en dos mitades y chorreando tinta. La visión de la maltrecha pluma nos acojonó a todos y más cuando vimos los ojos del director desorbitados y enrojecidos por aquella visión.

El siguiente alumno intentó pasar aprovechando el desconcierto creado, pero calculó mal los reflejos de nuestro indignado directo y al pasar sintió hundirse sobre sus hombros los dos puños de D. Manuel. No debió parecerle suficiente ver cómo nuestro compañero se hundía bajo el golpe dado ya que, además, intentó alcanzarle con una patada adicional. Evidentemente no contó con la experiencia y la agilidad de nuestro compañero que, agachado y todo, consiguió en un alarde gimnástico esconder milagrosamente el culo lo suficiente para que el pie del director sólo encontrase el vacío en su recorrido. Desafortunado hecho, ya que esa patada al vacío provocó que perdiese en el intento dos cosas importantes, por una parte el zapato, que salió disparado por la ventana y fue a estrellarse contra la pared de enfrente cayendo a la calle, y por otra también perdió el equilibrio yendo a dar con sus huesos en el suelo. Con la violencia de la caída, las gafas que llevaba puestas se le cayeron al suelo y pudimos ver cómo uno de los cristales huía del círculo donde había estado encerrado y en su loca carrera se precipitaba por la barandilla hasta el suelo del patio interior haciéndose añicos con la caída.

Yo no esperé a ver más, intenté aprovechar la confusión del momento y salí por la puerta cómo pude seguido y precedido por otros compañeros que también habían tenido la misma idea. En nuestra huida tuvimos que saltar por encima de las piernas de nuestro derrumbado director que todavía desde el suelo consiguió alcanzar a uno de nosotros de una patada. A consecuencia de ello, el alumno también perdió el equilibrio y fue a dar con sus huesos en el suelo arrastrando en su caída a algunos compañeros más. Allí se formó un verdadero montón de cuerpos caídos con el propio director en medio de la vorágine. Todos los que iban detrás tuvieron que sortear aquel obstáculo de cuerpos y huir de allí a toda prisa. Mientras me alejaba puede oír los juramentos que lanzaba. Yo no hice cómo la mujer de Lot, no volví la cabeza para ver la destrucción a mi espalda, me bastaba mi fino oído y la experiencia acumulada para saber que detrás mío quedaba una refriega de insultos, golpes y voces.

Llegué al salón de estudio sin aliento, abrí el libro e hinqué los codos tratando de disimular la angustia. Detrás de mí fueron entrando como un rosario otros compañeros descolgados del gran pelotón. Todos esperábamos ver aparecer en cualquier momento al director para continuar en el estudio la batalla emprendida en clase de francés. Ante la sorpresa general, no fue así, no apareció.

Más tarde, a las cinco, llamaron a nuestro curso a clase y cumplimos con nuestro deber de examinarnos. De las chuletas no se acordó nadie, teníamos otras preocupaciones en la cabeza. Cuando terminamos el examen y nos dirigimos al patio para nuestro tiempo de recreo pudimos ver al director con un dedo de la mano derecha vendado. Más tarde nos enteramos que se había hecho una luxación al dar un golpe. Pensé que aquella no había sido una tarde de suerte para nuestro director, claro que tampoco fue muy agradable para nosotros. Sin duda fue un día aciago para todos. Todas estas reflexiones me las hacía a las tres de la madrugada cuando, castigados en el salón de estudio todos los de tercero, hacíamos esfuerzos sobrehumanos para no dormirnos sobre los bancos. Como el castigo duró varios días, tuvimos todos tiempo para reflexionar sobre lo acontecido aquella tarde y, naturalmente, también tuvimos tiempo para preparar las chuletas de otras asignaturas.

Capítulo XXII - Su castigo en las iras centellea

5º curso – 1967

(16 años)

Hay momentos en que los sucesos se entrelazan de tal manera que resulta difícil discernir si han sucedido de manera casual o si, por el contrario, una mano invisible ha actuado para que sucedan de esa manera tan peculiar. Hoy, muchísimos años después de aquellos sucesos, todavía ignoro que extraña relación pudo haber entre dos acontecimientos tan dispares como los que se conjuntaron aquella noche...

Sucedió un domingo, uno de esos domingos de primavera en los que uno hace más gasto de energías del que su cuerpo suele acumular como fondo de reserva. Tras la ruidosa cena colectiva nos dirigimos todos hacia el dormitorio que estaba ubicado en uno de los pisos del antiguo palacio, justo debajo del terrado. Eramos como una procesión bulliciosa a punto de despedir el último paso y con él toda la Semana Santa. Víéndonos daba la sensación de que siempre hacíamos las cosas como si aquella fuese la última vez que podíamos hacerlo, es decir, apurando al máximo todas las posibilidades que se nos ofrecían, por pequeñas que estas fueran.

El dormitorio donde estábamos era muy pequeño en comparación a los otros que había en el nuevo edificio adosado al antiguo palacio. En él había sitio para unas doce camas con su correspondiente dotación de taquillas. A diferencia de los dormitorios grandes, en estos no dormíamos en literas si no en camas individuales y eso era una gran suerte para todos los que compartiamos aquella sala. Todos los que dormíamos allí teníamos edades que oscilaban en torno a los quince años ya que siempre se procuraba que los dormitorios más pequeños acogiesen a chicos de una edad similar.

El dormitorio estaba situado en la parte más antigua y, por tanto, más vieja del edificio, lo que puedo asegurar que es hablar de muchas decenas de años. Era conocido comúnmente por el popular nombre de "la cuadra" y obviamente no era un derroche de limpieza y comodidad. Las camas, como señalo, a diferencia del resto de los dormitorios eran individuales aunque, eso sí, tan perfectamente oxidadas y mugrientas como las demás y el crujir del somier cuando nos movíamos en la cama sonaba igual de estridente que en las literas. Las paredes, en un tiempo blancas, parecían haber sido decoradas a base de pequeñas grietas, desconchones y agujeros, con la enorme habilidad de no haber dejado ningún rincón del dormitorio sin su correspondiente marca. Todas ellas estaban saturadas, como inapreciable detalle final, de rosetones rojos de la sangre de los mosquitos que en las noches calurosas de verano matábamos organizando verdaderas cacerías zapato en mano. Eran mosquitos a los que llamábamos trompeteros por el zumbido que emiten al volar. Mientras los oyes son inofensivos, pero en cuanto dejan de zumbar se convierten en un problema ya que eso significa que han encontrado un objetivo al que picar y chupar. Había algunos ejemplares extraordinariamente bien alimentados, lo que venía a demostrar que alguno de nosotros debía exagerar cuando afirmaba que no se comía bien y que pasaba hambre; y es que, realmente, algunos rosetones mostraban bien a las claras el buen tamaño que la pieza había tenido en vida.

Como ya he dicho, era domingo y llegamos al dormitorio cansados. Por lo general era un día poco conflictivo. A esas horas todos ansiábamos coger la cama para dar reposo al cuerpo y poder soñar con algunas de las cosas que habíamos estado haciendo o, quizás, con alguna de las cosas que nos hubiera gustado poder hacer. Esa noche nos desnudábamos cansados, ávidos de cama cuando de pronto sonó un ruido profundo, intenso y familiar que hizo enmudecer a todos los allí presentes. Era un ronquido con buena dosis de decibelios que ya conocíamos por resultarnos excesivamente familiar. No hizo falta mirar quíen era su autor, todos sabíamos el nombre de nuestro compañero.

Digamos, por mantener la reserva de su identidad, que se llamaba Romano. Aún incluso después de tantos años, es prudente preservar la intimidad de las personas, a nadie le gusta que le señalen con el dedo acusador y los chicos de la edad que teníamos podíamos ser muy crueles en ese sentido.

Como digo, enseguida identificamos al protagonista del ronquido delator ya que era una tónica recurrente que nos amenizara velada sí y velada también con sus ronquidos. Lo suyo era casi una enfermedad superpuesta a otra enfermedad. A la enorme facilidad que tenía para dormirse en los sitios más inverosímiles con una rapidez digna de mejor fortuna y con un sueño increíblemente pesado, se le añadía la habilidad de roncar de la manera mas estruendosa que imaginarse pueda. Romano era uno de esos seres que la naturaleza ofrece cada cierto tiempo para demostrarnos cuan maravillosa puede ser su capacidad para hacer milagros biológicos.

Nuestro compañero era un chico de complexión fuerte para su edad, pelirrojo, con el cabello crespo y cortado a cepillo y con tantas pecas en su cara que parecía que, por no haber suficiente sitio en su rostro, se veían obligadas a encaramarse hasta sus orejas amontonándose allí y desprendiéndose hacia el cogote. Teníamos la sensación de que si agitaba la cabeza se le desprenderían las que estuviesen menos sujetas y caerían al suelo. Su aspecto, con esas peculiaridades tan significativas, era simpático y cordial y a todos nos caía bien, pero sus dos habilidades mencionadas ya le habían puesto en más de un apuro aunque, al parecer, su naturaleza era mucho más fuerte que él.

Como ejemplo de su capacidad para dormirse en cualquier sitio baste mencionar que en cierta ocasión en el recuento efectuado a la hora de la comida se le echó en falta. Todo el colegio se movilizó para tratar de encontrarle. Se formaron grupos de búsqueda que peinaron el centro de punta a rabo sin suerte alguna. Cuando ya llegábamos al convencimiento de que se había fugado del colegio, uno de los piquetes de búsqueda oyó un extraño sonido proveniente de un rincón en uno de los dormitorios grandes. La búsqueda se hizo entonces más selectiva ya que solo hubo que seguir los delatores ronquidos. La pista llevaba a un enorme montón de sábanas apiladas en uno de los extremos del dormitorio. Los compañeros comenzaron a escarbar en el montón y al poco apareció la inconfundible cabeza de nuestro compañero que seguía durmiendo a pierna suelta y roncando. Aquél día tocaba cambio de sábanas y uno de los encargados del cambio había sido Romano. Sin duda, extenuado por tan formidable esfuerzo, había caído rendido en brazos de Morfeo. Teniendo en cuenta que eran sábanas que hacía más de un mes que cobijaban nuestros cuerpos lo milagroso era que todavía lo hubiésen encontrado con vida.

Bien, volviendo a nuestro relato, como era costumbre Romano estaba ya en la cama, se había dormido y había dado comienzo a su habitual concierto de ronquidos. Todos miramos hacia su cama y pudimos verle roncando como un bendito. Uno de los compañeros más cercanos a su cama le sacudió un almohadazo y consideramos zanjado el asunto puesto que este era el procedimiento estándar que seguíamos en estos casos. Con este procedimiento conseguíamos silenciarlo el tiempo suficiente para conciliar el sueño nosotros.

Apagamos la luz y pasados solo unos instantes sonó de nuevo otro ronquido seguido de una serie de ruidos guturales que indicaban que los ronquidos solo iban a ser la parte más escandalosa del concierto que estaba empezando a ejecutar para desgracia nuestra. Yo solamente oí la dos bofetadas que alguien le propinó y, he de confesar, que me sonaron a música celestial ya que, tras un sordo bufido, el silencio se hizo de nuevo. Di media vuelta en la cama intentando acomodarme de nuevo y me dispuse a realizar una de las funciones que me resultaban más gratas: dormir. Cuando todavía no había terminado de encontrar la postura adecuada, un enorme ronquido, que me pareció que amenazaba la estabilidad del vetusto dormitorio, vino a poner otra nota dramática en la noche. Me incorporé rápidamente en la cama con intenciones nada tranquilizadoras. De pronto se encendió la luz y pude darme cuenta que no había sido el único en tener ideas peligrosas ya que algunos compañeros estaban en la misma posición que yo mientras otros, más resolutivos, avanzaban directamente hacia la cama de Romano con los ojos empequeñecidos no sé si a causa del deslumbramiento o como consecuencia de las ideas que circulaban por sus cabezas. Dos almohadazos calmaron las iras de los que estaban de pie al lado de la cama de Romano, pero el intento de silenciarlo fue inútil ya que al poco volvió por sus fueros y sus ronquidos.

Se intentaron algunas maniobras poco sutiles pero al poco volvía a las andadas. Siempre nos parecía en cada intento que los ronquidos cesarían con la terapia aplicada, pero siempre era un silencio pasajero y pasados unos breves instantes volvía siempre con renovadas energías a emitir sus guturales sonidos. Sin duda aquella noche se estaba superando a sí mismo, pero nosotros no estábamos dispuestos a dejarnos derrotar sin luchar heroicamente.

Decidimos cambiar de táctica y de la violencia pasamos a la astucia. Con cuidado fuimos cambiándolo de posición y cuando ya estábamos al borde de un ataque de histeria colectivo encontramos una posición en la que cesaron los ronquidos. Permanecimos expectantes a su lado durante unos minutos para asegurarnos el éxito de la empresa y cuando ya entendimos que habíamos logrado realizar el milagro, fuimos abandonando el lugar dirigiéndonos soñolientos hacia nuestros respectivos lugares y apagamos la luz.

Ya estábamos todos dentro de las camas y algunos con el sueño conciliado cuando de nuevo un intenso gruñido nos dejó de nuevo paralizados, ¡¡Romano atacaba de nuevo!!. La reacción fue fulminante, uno de nuestros compañeros le lanzó una bota. Todo sucedió rápidamente y solo algunos pudimos apreciar la forma oscura que atravesó el dormitorio en vuelo parabólico para ir a estrellarse contra el cuerpo del dormilón, pero todos pudimos oír el ruido sordo que hizo el proyectil al impactar en su objetivo. El golpe fue de impresión ya que la bota en cuestión era una de las que nos suministraba el propio colegio y era proveniente del ejército. Era de las que se usaban en el servicio militar y que, posiblemente, al no poder ser utilizadas por ser de números pequeños, se cedían al colegio para poder ser usadas por los internos.

Por vez primera en toda la noche Romano reaccionó y se incorporó aullando. Puesto que no cesaba en sus quejas decidimos encender la luz y nos levantamos a ver si realmente el efecto del proyectil había sido tan terrible. A simple vista no apreciamos huellas físicas por lo que pensamos que todo el asunto era una exageración o una venganza, pero Romano seguía aullando con los brazos rodeándose la barriga. Ante el cariz que tomaba el asunto decidimos avisar al pasante que, en aquella ocasión, era un compañero mayor que ejercía estas labores y que estudiaba medicina por lo que nos tranquilizaba un poco, él sabría qué hacer.

Nuestro compañero examinó con cierto detenimiento a Romano que no cesaba de quejarse. Iba tocando aquí y allá con aire serio de viejo profesional sin duda para impresionarnos, pero algo apreció que el que se impresionó fue él. De pronto puso los ojos como platos y sin decir una palabra salió de estampida del dormitorio. Aquello nos dejó bastante intranquilos, no tanto por la suerte que podía correr el roncador sino por lo suerte que podíamos correr todos nosotros si el asunto era de importancia o trascendía fuera de aquellas cuatro paredes. Permanecimos con el corazón en un puño viendo como se desarrollaban los acontecimientos.

De pronto vimos entrar al director del colegio. D. Manuel, y se nos puso un nudo en la garganta mientras el puño que apretaba nuestro corazón lo agarrotaba un poco más. Nuestro director, que era médico, entró en el dormitorio ignorándonos a todos, se acercó a Romano y lo examinó. Lo que vio debía coincidir con lo que había visto el estudiante de medicina, pues entre los dos se cruzaban miradas de inteligencia y en algún momento cuchichearon alguna cosa asintiendo con la cabeza. Al poco entre los dos se llevaron a nuestro compañero que seguía gimoteando y agarrándose la barriga.

Todos nos quedamos estupefactos y la medida nos tranquilizó muy poco. A esas alturas estábamos ya todos muertos de miedo pensando en qué represalias se iban a tomar contra nosotros y como podríamos eludir el castigo que, sin duda, pendía sobre nuestras cabezas. Pasaron unos minutos interminables mientras todos permanecíamos mudos sumidos en nuestros propios miedos. Al poco regresó el vigilante y nos dijo:

¡Casi nada lo de Romano!. Tiene un ataque de apendicitis y ahora mismo se lo llevan al hospital. Vosotros volved a la cama y a dormir.

Nos acostamos con una mezcla rara de sensaciones: miedo, alivio, tranquilidad, sentimientos de culpabilidad y sobre todo incertidumbre. Una inmensa duda se cernía sobre todos nosotros. ¿Había desencadenado el botazo el ataque de apendicitis? ¿Había sido algo espontáneo y el golpe no había tenido nada que ver? ¿Alguien en el cielo estaba esa noche observando nuestro dormitorio y se apiadó de nosotros? Nunca lo sabríamos.

La verdad es que las dudas que teníamos no impidieron dormir a nadie y es que, con dudas o sin ellas, aquella noche dormimos como los propios ángeles, claro está si es que los ángeles cuando duermen no tienen un Romano que les amenice la velada.

Capítulo XXVI La ventana milagrosa

5º curso - 1967

(16 años)
 Aquel fue, sin duda, un episodio excitante en el más amplio sentido de la palabra. Tuvo de casi todo lo que deben tener las buenas aventuras que quedan grabadas en la memoria aunque pase mucho tiempo. Tuvo peligro, sexo, acción, intriga, suspense... y hasta también me atrevería a decir que tuvo incluso sus gotas de terror, pero eso solo lo puedo imaginar recordando la cara de la protagonista -muy a su pesar, todo hay que decirlo- de esta historia. Naturalmente yo recuerdo los hechos desde mi perspectiva pero para ella la aventura seguro que tuvo un cariz muy diferente. Reflexionando con el paso del tiempo estoy por pensar que puede que incluso fuese una experiencia traumática que bien pudo haberle costado a su madre un buen dinero en psicólogo.

Todo se inició con un descubrimiento casual que hicimos a raíz de nuestras incursiones en el sótano del colegio para esconder la comida que habíamos robado de la despensa. El fructífero asalto nos había proporcionado comida en abundancia y teníamos nuestro tesoro bien escondido en el sótano y a buen recaudo. Todos los días hacíamos una o dos visitas a nuestro escondite secreto para proveernos de provisiones. Todas aquellas idas y venidas al sótano hicieron que, poco a poco, nos fuésemos familiarizando con aquel lugar inicialmente extraño para nosotros. Al comienzo solo íbamos al lugar donde teníamos la comida que era muy cerca de la puerta, pero la curiosidad hizo que, cada vez un poco más, nos fuésemos aventurando por aquella especie de laberinto lleno de todo tipo de enseres viejos y extraños cacharros.


En las sucesivas excursiones que hicimos, pudimos descubrir que el sótano abarcaba casi toda la extensión de la parte antigua del colegio, es decir del antiguo palacio, y aquello nos pareció realmente inmenso. El sótano cubría todas las instalaciones de la parte antigua, lo que fue el palacio del Conde de Roche, incluida la casa anexa en la que vivía doña Maruja, hermana de nuestro director. Doña Maruja tenía dos hijas en edad de merecer, y concretamente una de ellas, Delfina, estaba de muy buen ver y en eso coincidiámos todos los alumnos del colegio. Hacia ballet y algunos afortunados que habían tenido la oportunidad de verla en mallas (o eso decían) contaban y no acababan sobre todos sus numerosos encantos.


Una tarde Jorge y yo nos dirigimos al sótano para buscar algo que meter dentro del chusco. Una vez saciamos nuestro estómago nos decidimos seguir investigando por aquellos vericuetos para ver qué encontrábamos. Nos fuimos internando en aquel pequeño laberinto cada vez más oscuro hasta que llegamos, finalmente, a una especie de callejón sin salida tenuemente iluminado por la luz que se filtraba por un ventanuco situado en la parte superior de una de las paredes. Nos acercamos con curiosidad a ver dónde daba aquella ventana y nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos que se abría en la casa de doña Maruja. El ventanuco estaba dispuesto horizontalmente a poco más de dos metros de altura y era estrecho y largo. Estaba protegido por una tela metálica bastante vieja y, como luego pudimos comprobar, componía la parte frontal de un escalón que había en la casa. El escalón en cuestión estaba situado entre el comedor de la casa y la amplia galería que daba a nuestro patio. Nos quedamos allí mirando con curiosidad cuando de pronto vimos una figura pasando por encima. Vimos como al acercarse a la ventana levantaba el pie y desaparecía de nuestra vista: era doña Maruja.


No necesitamos Jorge y yo decirnos nada, nos bastó una mirada cómplice, para comprender las enormes posibilidades que tenía aquel mirador al paraíso. Nos quedamos allí esperando, mirando embobados hacía arriba, aguardando evidentemente que fuese alguna de las hijas la que pasase y no doña Maruja. Estuvimos allí un rato esperando y cuando ya estábamos a punto de darnos por vencidos, oímos la voz de Delfina hablando con su madre. Nuestro instinto se despertó y nos dejamos las órbitas de los ojos oteando por aquella ventana esperando ver el acontecimiento del siglo. Nos pareció una eternidad lo que esperamos, pero por fin apareció ante nuestros ojos. Mirando por aquel tragaluz vimos como se acercaba Delfina y como sus largas piernas se perfilaban en el cuadro luminoso. Su falda corta permitía una mejor panorámica todavía y sus bragas blancas destacaban entre sus largas piernas. Faltó bien poco para que lanzásemos un grito de alegría por el espectáculo dispensado. La visión no duró mucho, pero si lo suficiente como para dejarnos alelados por la emoción.


Aunque permanecimos algún tiempo más ya no tuvimos nuevas oportunidades de ver nada más de interés. La visión, de todas maneras, nos pareció extraordinaria. Entre lo que vimos y lo que imaginamos que vimos, salimos extasiados. Aquella ventana era un verdadero tesoro. Aquel día nos entusiasmamos tanto que incluso llegamos algo tarde a la ultima clase.


Durante todo el día siguiente estuvimos impacientes esperando el patio de la tarde para poder bajar de nuevo. Esta vez nos olvidamos de la comida y fuimos directamente al pequeño rincon. Impacientes aguardamos a que el destino se mostrase generoso con nosotros. Oíamos voces femeninas, pero no veíamos nada por lo que no quitábamos ojo a la ventana alargando el cuello para otear mejor. No tuvimos que esperar mucho. La suerte estaba de nuestro lado ya que, no solamente nos permitió ver varias veces el panorama del día anterior, sino que en un momento determinado Delfina se situó con un pie en el escalón y otro abajo con lo que nos permitió durante un rato tener una visión extraordinaria de sus encantos. Estábamos poco menos que alucinados con el extraordinario descubrimiento que habíamos hecho.


Naturalmente los días siguientes fueron una procesión al sótano. Bajábamos a cualquier hora que podíamos, pero el momento mejor, sin duda, seguía siendo la hora del patio de la tarde, era cuando podíamos ver algo, a otras horas no conseguíamos nada. El espectáculo que nos brindaba aquella ventana era extraordinario, hacía que nuestra líbido saltase como el tapón de una botella de champán. Más de una noche pusimos la litera a crujir recordando las imágenes que se nos habían ofrecido unas horas antes. La visión de los muslos y las bragas de Delfina era una tentación demasiado poderosa. Ni que decir tiene que nuestro descubrimiento fue un secreto que guardamos celosamente. Celosamente guardado mientras pudimos guardarlo, claro.


Como en el asunto de la despensa no estábamos sólos sino que teníamos dos compañeros más con los que habíamos dado el golpe, estos veían con preocupación que hacíamos demasiados viajes al sótano y suponían que nuestra intención era aprovecharnos de la comida. Evidentemente no estaban dispuestos a consentirlo, así que, aunque inicialmente habíamos convenido en ir al sótano en parejas para no levantar sospechas, ellos decidieron unilateralmente cambiar las normas. Tal fue su empeño que, durante unos días, no pudimos quitárnoslos de encima y tuvimos que dejar de acudir a nuestra ventana milagrosa. Como el asunto amenazaba con no terminarse nunca, tuvimos que confesarles que nuestro interés no estaba en la comida sino en aquella ventana. Naturalmente no les dimos toda la información, pero no hacía falta ser muy hábil para adivinar cual era el interés y las mejores horas en que el interés aumentaba. Así que nos vimos forzados a compartir nuestra atalaya de visión con nuestros compañeros. Evidentemente no era igual de cómodo, pero seguía teniendo su encanto.


Los secretos guardados en mayoría son difíciles de mantener así que una tarde, cuando bajamos a nuestro escondite buscando el espectáculo acostumbrado, nos sorprendió otro espectáculo que no esperábamos en absoluto. En el pequeño rincon de la ventana se amontonaban siete u ocho compañeros mirando por la ventana y dándose codazos entre ellos para tener mejor puesto de observación. Cuando nos acercamos nos dimos cuenta que todas las plazas estaban ocupadas y que no había manera de poder tener un puesto de observación medianamente decente, así que protestamos enérgicamente de que nos hubiesen privado de nuestros privilegios. Nuestros compañeros, naturalmente, no nos hicieron ni caso, no estaban dispuestos a respetar ningún tipo de derechos adquiridos. Y en eso estábamos cuando uno de ellos chistó alertándo de la presencia de alguien. Todos se apretujaron aún más buscando una buena visión y era tal el ramillete que no tuvimos la menor oportunidad de conseguir un sitio medio decente. Jorge y yo tuvimos que conformarnos con quedarnos fuera del nutrido grupo sin poder ver apenas nada más que a nuestros compañeros empujándose debajo de aquella ventana. En un momento determinado la visión tuvo que ser extraordinaria ya que, como un solo hombre, todos ellos echaron mano a su bragueta y comenzaron un rítmico movimiento de la mano. Nosotros nos moríamos de envidia pensando en qué podrían estar viendo porque nosotros apenas si veíamos un par de tobillos. Como el entusiasmo que tenían alcanzó cotas demasiado altas, se creó un pequeño barullo de empujones y exclamaciones que hizo que la chica no pudiese por menos que darse cuenta de que algo raro ocurría allí abajo. Se agachó y miró por el enrejado de la tela metálica el origen de todo aquel ruido. Entonces sí que pudimos ver desde nuestra posición la cara de Delfina con los ojos desorbitados.


Lo que vio debió aterrorizarla. Un grupo de cabezas mirándola con los ojos encendidos y practicando el juego de Onán a su costa no debió ser una visión que le alegrase demasiado ya que los gritos que comenzó a emitir no eran de alegría, sino de histeria. Y hay que reconocer, no se si por lo de practicar ballet, que tenía buenos pulmones. A sus gritos acudió su madre, pero nosotros ya no estábamos allí para verla. Salimos a escape, a toda la velocidad que nuestras jóvenes piernas eran capaces de darnos. Fue una carrera frenética contra la tragedia. Nosotros intentando salir del sótano antes que nadie pudiese vernos, y doña Maruja perseguida por los gritos de su hija, corriendo para intentar coger a alguno de aquellos fisgones a su salida del sótano. Se impuso la agilidad de la juventud y todos conseguimos salir de aquel agujero antes que nadie pudiese llegar para identificarnos.


La que se armó fue realmente gorda. Todos los responsables del colegio hervian buscando a los responsables. Las pesquisas para localizarnos fueron intensas, pero las explicaciones de por qué nos buscaban fueron muy pocas. Solo se hacía hincapié en que unos cuantos alumnos habían estado en el sótano, pero en ningún momento se dieron más explicaciones. Como era de suponer todos los compañeros andaban con la mosca detrás de la oreja por el asunto ya que conociendo las costumbres del colegio sabían que era demasiado ruido para tan pocas nueces. Y lo que más sorprendía sin duda era el empeño que tenía doña Maruja en localizar a los culpables, ella que nunca intervenía en los asuntos del colegio. Tras unos días de pesquisas, los resultados fueron nulos. Afortunadamente todos los que intervenimos en el asunto guardamos silencio y ninguno se dejó pillar, todos sabíamos las consecuencias que hubiera habido si nos cogen: la expulsión inmediata.


Así que, como siempre ocurre, ante los escasos resultados que se obtuvieron en la investigación, el asunto, poco a poco, fue olvidándose. Olvidándose para todos menos para nosotros que con el susto en el cuerpo todavía soñábamos con las largas piernas de nuestra vecina, y me imagino que para la propia Delfina que en sus peores pesadillas debía ver todavía aquellas cabezas filtrándose por debajo de su falda con la lujuria retratada en sus ojos.


Tras algún tiempo, todo volvió a su cauce normal menos el sótano que fue clausurado con unas tablas que fueron clavadas en la puerta impidiendo el acceso. Al condenar la puerta también impidieron que tuviésemos acceso a nuestra comida, así que perdimos nuestro importante aporte de sustento diario. De todas maneras hay que reconocer que pese a la pérdida que supuso para nuestro estómago, lo cierto es que aquella visión alimentó sobremanera nuestros espíritus. Todos los que estuvimos allí podemos acreditar que mereció la pena la perdida material a cambio de la visión que nos proporcionó aquella extraordinaria ventana.