Capitulo VI – El desfiladero francés

3º curso - 1964
(13 años)
 
Tercero fue un curso más complicado. Hasta ese año más o menos me había defendido con cierta holgura, pero aquel curso se me empezaba a hacer bastante cuesta arriba. Veía que las asignaturas comenzaban a ponerse difíciles, que mi preparación tenía muchas lagunas y que, sobre todo, el plantel de profesores que tenía añadían una dificultad notable a los ya de por sí difíciles conocimientos que tenía que adquirir.

Aquel fue el año de mi primer encuentro docente con el cura Merino -el cura del colegio y capellán castrense por añadidura- y que me acompañaría en todo mi periplo estudiantil hasta el final de mi estancia en el colegio. En tercero daba como asignatura religión, pero en otros cursos daba además de esta asignatura, latín y griego, así que abarcaba todo un amplio abanico de asignaturas, todo ello sin mencionar que nos daba misa diaria y era quien controlaba nuestras confesiones, así que planeaba sobre nuestras cabezas de forma constante y desde distintas perspectivas. Nuestras relaciones se torcieron en el mismo inicio de curso y jamás se enderezaron en todos los restantes años que tuvimos que soportarnos mutuamente. Pero las hostilidades entre ambos todavía no se habían roto así que el cura fue aquel año simplemente uno más entre los curiosos profesores que me tocaron.

Aquel año estaba don Celedonio que me daba Formación del Espíritu Nacional y que estaba como una verdadera sonaja. Tuve en dibujo a don Zacarías, un pasado de rosca y de alcohol, pero que terminó poniéndome un ocho a final de curso, por lo que no lo consideré tan malo después de todo. Tuve a don Manuel, director del colegio al que todos llamábamos “el Púa” aunque ignoro por qué ya que el mote era anterior a mi llegada. El Púa nos daba ciencias naturales y huelga decir que, lógicamente, fue la asignatura en la que más trabajé por ser el director. Aunque en apariencia su categoría de doctor podría parecer que le daba un aire más docente, en realidad lo que imperaba en él era su categoría de comandante. Sirva como ejemplo de su carácter docente que estando en clase de ciencias naturales preguntó a un compañero sobre la estrella de mar. El director escuchaba las titubeantes explicaciones del alumno y en un momento determinado le preguntó: “¿Qué tipo de simetría tiene la estrella de mar?”. Huelga decir que a nuestro compañero aquello le sonó a chino y que enmudeció, así que el director en un intento de darle un empujoncito le dijo: “la estrella de mar posee simetría ra... ra...” Pese al intento, nuestro compañero no cogía onda del asunto y por su expresión se notaba que era como intentar que un chimpancé recitase la tabla periódica de los elementos. El director, en vista de que no conseguía resultados, finalmente decidió terminar su propia frase: “la estrella de mar posee simetría ra... radial...”. Nuestro infausto amigo encontró una especie de hueco por la que aportar algo de su conocimiento y remató la frase del director añadiendo...”simetría radial como la bicicleta”. La reacción del director no se hizo esperar, le propinó tamaña bofetada que nuestro compañero salió despedido con violencia de la tarima donde estaba y con el impulso atravesó toda la clase en un equilibrio precario hasta que fue a dar contra la puerta de entrada a clase que, afortunadamente, aunque era de cristales no se rompió. Ese día aprendimos que las bicicletas y las estrellas de mar no estaban en la misma rama biológica y aprendimos también que más valía mantener la boca cerrada, porque todo lo que dijésemos sería, sin duda, utilizado en nuestra contra de una forma más bien violenta.

Además de estos teníamos a don Crisanto que, aunque en teoría lo suyo fuesen los números y las matemáticas, la realidad es que era un entrenador de fútbol frustrado. En sus clases los lunes estaban dedicados a discutir de los partidos del domingo y los viernes a discutir la quiniela que indefectiblemente siempre hacia. Yo en eso del fútbol no estaba muy puesto y al final de curso la nota final que conseguí fue un dos, pero aunque no conseguí aprender matemáticas, si conseguí saber que había un extremo izquierdo veloz y habilidoso que se llamaba Fleitas, que jugaba en el Málaga y que era una promesa futbolística de primer orden. No sé si aquello la aprendí porque era el tema más recurrente de sus lecciones o si, por el contrario, esa información me calaba más fácilmente que los números, en cualquier caso como los exámenes eran sobre números, lo de Fleitas no me sirvió de mucho para conseguir una nota decente.

En francés tuve a un ex-combatiente de la División Azul cuyo nombre he olvidado y el rumor que corría es que había aprendido el idioma estando prisionero de los rusos, aunque eso nunca se pudo confirmar y, visto en perspectiva, no parece que estar prisionero de los rusos pudiese enseñar mucho francés. Entre clase y clase nos contaba mil y una batallas de sus andanzas por tierras soviéticas. Por lo que contaba, la guerra le había dejado algunas herencias bien visibles: problemas de estómago por restos de metralla y algunas manías muy raras. De vez en cuando se quedaba con los ojos en blanco, mirando al infinito y parecía totalmente ausente, luego volvía en sí y continuaba como si tal cosa. Era un manojo de tics pero nosotros nos guardábamos muy mucho de hacer bromas al respecto ya que sus ataques de ira eran bien conocidos. Había cosas con las que no se podían jugar.

Ignoro cuales serían los conocimientos de francés de nuestro profesor y si estaban avalados por algún tipo de título. Por lo que nos contaba debió ser un gran combatiente, pero desde luego lo que no tenía era mucha capacidad docente. En sus clases se limitaba a ponernos una larga lista de palabras en francés y su significado en castellano y hacer que las aprendiéramos de memoria. La palabras siempre eran sustantivos así que para nosotros en francés no existían ni adjetivos, ni pronombres, ni preposiciones, nuestro francés era solo una larga lista de nombres. Unos nombres, además, muchos de los cuales seguramente jamás aparecerían en una conversación normal. Yo no me imaginaba hablando con un francés y sosteniendo una conversación sobre “le mouton”, ósea el carnero, pero era lo que nos tocaba aprender. Esta historia, precisamente, tiene su origen en su asignatura o mas concretamente, en uno de los diversos exámenes que tuvimos que hacer a lo largo del curso.

Una de las cosas más familiares para todos los estudiantes son las famosas "chuletas". Ni que decir tiene que allí, no solamente se hacían como en cualquier otro colegio, sino que incluso habían dado lugar a un floreciente mercado en el que los expertos en hacerlas vendían su mercancía al mejor postor. Se hacían por encargo con precios pactados, o se intercambiaban las ya hechas por algún otro tipo de producto. Algunos compañeros eran verdaderos artistas en confeccionarlas, pero también es cierto, que la mayoría de los profesores eran expertos en detectarlas. En algunas ocasiones era incluso un desafío personal para los alumnos esconderlas y que no fueran detectadas y para los profesores un alarde de habilidad el localizarlas. El tema de las chuletas era más un desafío personal entre ambos bandos que la utilidad que pudieran tener durante el examen. Había habido ocasiones en que algunos profesores nos habían cacheado antes de entrar al examen, y nuestro profesor de francés también había recurrido en alguna ocasión a esta práctica. El problema que teníamos con él era doble, por una parte debíamos pasar el registro previo a que se nos sometía y luego debíamos burlar su vigilancia y utilizarlas en el examen.

Yo, el tema de las chuletas lo llevaba francamente mal, era malo haciéndolas y peor utilizándolas, pero como era una actividad que gozaba ya de gran tradición, todos las realizábamos de una manera o de otra. Además, descubrí, que hacer chuletas era una buena forma de estudiar, así que me daba buen resultado hacerlas aunque luego no las utilizase en el examen.

Días antes a uno de los exámenes habíamos estado discutiendo sobre el asunto y habíamos llegado la conclusión de que lo más hábil para evitar que las encontrase en el registro era simplemente no llevarlas. Eso no quiere decir que renunciábamos a ellas, sino que la idea era que las chuletas ya estuvieran en clase antes de que nosotros llegásemos, para lo cual, deberíamos haberlas escondido en clase previamente. En esas estábamos cuando nos enteramos que la clase que teníamos antes del examen no se celebraría por ausencia del profesor, así que entre todos maquinamos una estratagema para poder colocar las chuletas sin demasiados problemas.

Eran aproximadamente las tres de la tarde y todos los de tercer curso estábamos en el salón de estudio preparando el examen de francés previsto para las cinco. Todos estábamos ya advertidos de cual iba a ser la estrategia a seguir. A las tres y media los cursos serían llamados a clase a medida que los profesores fuesen llegando. La llamada siempre la hacía el primer alumno que veía al profesor.

A las tres y media un alumno dio la voz de rigor, y tercero en pleno nos levantamos con la mayor naturalidad para ir a una clase inexistente. Nadie nos puso reparo alguno y nos encaminamos a nuestra clase, situada en una sala que se abría junto al patio interior abierto que se correspondía con la antigua entrada principal del palacio. Era un patio a cielo abierto y el acceso a las clases de hacía a través de una galería de madera colgada sobre el patio uno de cuyos lados estaba condenado ya que por la vejez se había producido un desprendimiento y era peligroso. Así que el acceso y la salida debían hacerse por el mismo lado, por la galería que se convertía en un estrecho pasillo suspendido sobre el patio.

Conforme a lo planeado, comenzamos a diseminar chuletas por doquier, en los bancos, en los agujeros de la pared, hubo quien incluso escribió en la mesa del banco alguna cosa en clave. Al comienzo nuestra labor se desarrolló en el más escrupuloso silencio pero luego, como ocurre en estas ocasiones, la situación se fue descontrolando y se perdió la más elemental prudencia. Comenzaron las bromas; el tono de los comentarios se elevó; los chistosos de la clase se hicieron con el dominio de la situación y, finalmente, todo se transformó en juerga, gritos y risas. El asunto subió tanto de tono que, cuando más revolucionados estábamos, contra todo pronóstico el director hizo acto de presencia en la puerta de la clase.

Su presencia nos dejó pasmados. La visión de su bata blanca de médico y su cara de pocos amigos hizo que cundiese el pánico entre todos nosotros. Todo el grupo nos quedamos quietos, congelados en nuestros sitios. Era como un depredador que sorprende en su madriguera a un puñado de víctimas. Sabíamos que quien moviese un músculo era hombre muerto. Cualquier movimiento por sutil que fueses con toda seguridad atraería su atención y sería la primera victima. Formábamos un cuadro pintoresco, allí todos quietos y el director en el dintel de la puerta mirándonos con los ojos inyectados en sangre. Era como un zorro en la puerta de un gallinero y, naturalmente, nosotros éramos las gallinas que no se atrevían a mover ni una pluma.

Comenzó, como en él era habitual hablándonos con voz queda. Sabíamos que era la fase preliminar, los prolegómenos. Luego el tono se iría incrementando y vendría la siguiente fase que, sin duda, sería menos verbal y mucho más práctica. Efectivamente así fue. Poco a poco comenzó a acalorarse subiendo el tono de sus palabras e insultos y cuando ya estaba en su punto álgido, comenzó a gritarnos que saliéramos de allí. Todos sabíamos lo que aquello significaba, como un buen estratega él tenía el dominio de la puerta. Nosotros despertamos de nuestra inmovilidad y nos preparamos para enfrentarnos a nuestro destino.

El primero que intentó cruzar aquel desfiladero fatal no lo hizo por voluntad propia, sino porque era el más próximo a la entrada. La sonora bofetada que le propinó el director hizo estragos en nuestro ánimo y nos informó crudamente de cual sería nuestro destino. Lo que ninguno de nosotros pudo prever fue la cadena de acontecimientos que aquella bofetada acabaría desencadenando.

Con la violencia del golpe, del bolsillo superior de la bata, a nuestro director le saltó una ampolla de inyección que describió un pequeño arco y, naturalmente, se hizo añicos al estrellarse contra el suelo. La visión de la mancha del líquido y los cristalitos esparcidos por el suelo fue una visión que le enfureció todavía más. El siguiente en pasar por aquellas horcas caudinas fue Jorge, pero en esta ocasión, y ante la experiencia sufrida, nuestro director decidió cambiar de táctica y optó por un método más expeditivo; sacudirle una solemne y tremenda patada en el culo. El resultado fue todavía peor pues, con el pequeño saltito que dio para tomar impulso y el giro que tuvo que hacer para seguir la trayectoria del ágil culo de Jorge, la pluma que llevaba en el bolsillo fue al suelo separándose en dos mitades y chorreando tinta. La visión de la maltrecha pluma nos acojonó a todos y más cuando vimos los ojos del director desorbitados y enrojecidos por aquella visión.

El siguiente alumno intentó pasar aprovechando el desconcierto creado, pero calculó mal los reflejos de nuestro indignado directo y al pasar sintió hundirse sobre sus hombros los dos puños de D. Manuel. No debió parecerle suficiente ver cómo nuestro compañero se hundía bajo el golpe dado ya que, además, intentó alcanzarle con una patada adicional. Evidentemente no contó con la experiencia y la agilidad de nuestro compañero que, agachado y todo, consiguió en un alarde gimnástico esconder milagrosamente el culo lo suficiente para que el pie del director sólo encontrase el vacío en su recorrido. Desafortunado hecho, ya que esa patada al vacío provocó que perdiese en el intento dos cosas importantes, por una parte el zapato, que salió disparado por la ventana y fue a estrellarse contra la pared de enfrente cayendo a la calle, y por otra también perdió el equilibrio yendo a dar con sus huesos en el suelo. Con la violencia de la caída, las gafas que llevaba puestas se le cayeron al suelo y pudimos ver cómo uno de los cristales huía del círculo donde había estado encerrado y en su loca carrera se precipitaba por la barandilla hasta el suelo del patio interior haciéndose añicos con la caída.

Yo no esperé a ver más, intenté aprovechar la confusión del momento y salí por la puerta cómo pude seguido y precedido por otros compañeros que también habían tenido la misma idea. En nuestra huida tuvimos que saltar por encima de las piernas de nuestro derrumbado director que todavía desde el suelo consiguió alcanzar a uno de nosotros de una patada. A consecuencia de ello, el alumno también perdió el equilibrio y fue a dar con sus huesos en el suelo arrastrando en su caída a algunos compañeros más. Allí se formó un verdadero montón de cuerpos caídos con el propio director en medio de la vorágine. Todos los que iban detrás tuvieron que sortear aquel obstáculo de cuerpos y huir de allí a toda prisa. Mientras me alejaba puede oír los juramentos que lanzaba. Yo no hice cómo la mujer de Lot, no volví la cabeza para ver la destrucción a mi espalda, me bastaba mi fino oído y la experiencia acumulada para saber que detrás mío quedaba una refriega de insultos, golpes y voces.

Llegué al salón de estudio sin aliento, abrí el libro e hinqué los codos tratando de disimular la angustia. Detrás de mí fueron entrando como un rosario otros compañeros descolgados del gran pelotón. Todos esperábamos ver aparecer en cualquier momento al director para continuar en el estudio la batalla emprendida en clase de francés. Ante la sorpresa general, no fue así, no apareció.

Más tarde, a las cinco, llamaron a nuestro curso a clase y cumplimos con nuestro deber de examinarnos. De las chuletas no se acordó nadie, teníamos otras preocupaciones en la cabeza. Cuando terminamos el examen y nos dirigimos al patio para nuestro tiempo de recreo pudimos ver al director con un dedo de la mano derecha vendado. Más tarde nos enteramos que se había hecho una luxación al dar un golpe. Pensé que aquella no había sido una tarde de suerte para nuestro director, claro que tampoco fue muy agradable para nosotros. Sin duda fue un día aciago para todos. Todas estas reflexiones me las hacía a las tres de la madrugada cuando, castigados en el salón de estudio todos los de tercero, hacíamos esfuerzos sobrehumanos para no dormirnos sobre los bancos. Como el castigo duró varios días, tuvimos todos tiempo para reflexionar sobre lo acontecido aquella tarde y, naturalmente, también tuvimos tiempo para preparar las chuletas de otras asignaturas.

Capítulo XXVI La ventana milagrosa

5º curso - 1967

(16 años)
 Aquel fue, sin duda, un episodio excitante en el más amplio sentido de la palabra. Tuvo de casi todo lo que deben tener las buenas aventuras que quedan grabadas en la memoria aunque pase mucho tiempo. Tuvo peligro, sexo, acción, intriga, suspense... y hasta también me atrevería a decir que tuvo incluso sus gotas de terror, pero eso solo lo puedo imaginar recordando la cara de la protagonista -muy a su pesar, todo hay que decirlo- de esta historia. Naturalmente yo recuerdo los hechos desde mi perspectiva pero para ella la aventura seguro que tuvo un cariz muy diferente. Reflexionando con el paso del tiempo estoy por pensar que puede que incluso fuese una experiencia traumática que bien pudo haberle costado a su madre un buen dinero en psicólogo.

Todo se inició con un descubrimiento casual que hicimos a raíz de nuestras incursiones en el sótano del colegio para esconder la comida que habíamos robado de la despensa. El fructífero asalto nos había proporcionado comida en abundancia y teníamos nuestro tesoro bien escondido en el sótano y a buen recaudo. Todos los días hacíamos una o dos visitas a nuestro escondite secreto para proveernos de provisiones. Todas aquellas idas y venidas al sótano hicieron que, poco a poco, nos fuésemos familiarizando con aquel lugar inicialmente extraño para nosotros. Al comienzo solo íbamos al lugar donde teníamos la comida que era muy cerca de la puerta, pero la curiosidad hizo que, cada vez un poco más, nos fuésemos aventurando por aquella especie de laberinto lleno de todo tipo de enseres viejos y extraños cacharros.


En las sucesivas excursiones que hicimos, pudimos descubrir que el sótano abarcaba casi toda la extensión de la parte antigua del colegio, es decir del antiguo palacio, y aquello nos pareció realmente inmenso. El sótano cubría todas las instalaciones de la parte antigua, lo que fue el palacio del Conde de Roche, incluida la casa anexa en la que vivía doña Maruja, hermana de nuestro director. Doña Maruja tenía dos hijas en edad de merecer, y concretamente una de ellas, Delfina, estaba de muy buen ver y en eso coincidiámos todos los alumnos del colegio. Hacia ballet y algunos afortunados que habían tenido la oportunidad de verla en mallas (o eso decían) contaban y no acababan sobre todos sus numerosos encantos.


Una tarde Jorge y yo nos dirigimos al sótano para buscar algo que meter dentro del chusco. Una vez saciamos nuestro estómago nos decidimos seguir investigando por aquellos vericuetos para ver qué encontrábamos. Nos fuimos internando en aquel pequeño laberinto cada vez más oscuro hasta que llegamos, finalmente, a una especie de callejón sin salida tenuemente iluminado por la luz que se filtraba por un ventanuco situado en la parte superior de una de las paredes. Nos acercamos con curiosidad a ver dónde daba aquella ventana y nuestra sorpresa fue mayúscula cuando vimos que se abría en la casa de doña Maruja. El ventanuco estaba dispuesto horizontalmente a poco más de dos metros de altura y era estrecho y largo. Estaba protegido por una tela metálica bastante vieja y, como luego pudimos comprobar, componía la parte frontal de un escalón que había en la casa. El escalón en cuestión estaba situado entre el comedor de la casa y la amplia galería que daba a nuestro patio. Nos quedamos allí mirando con curiosidad cuando de pronto vimos una figura pasando por encima. Vimos como al acercarse a la ventana levantaba el pie y desaparecía de nuestra vista: era doña Maruja.


No necesitamos Jorge y yo decirnos nada, nos bastó una mirada cómplice, para comprender las enormes posibilidades que tenía aquel mirador al paraíso. Nos quedamos allí esperando, mirando embobados hacía arriba, aguardando evidentemente que fuese alguna de las hijas la que pasase y no doña Maruja. Estuvimos allí un rato esperando y cuando ya estábamos a punto de darnos por vencidos, oímos la voz de Delfina hablando con su madre. Nuestro instinto se despertó y nos dejamos las órbitas de los ojos oteando por aquella ventana esperando ver el acontecimiento del siglo. Nos pareció una eternidad lo que esperamos, pero por fin apareció ante nuestros ojos. Mirando por aquel tragaluz vimos como se acercaba Delfina y como sus largas piernas se perfilaban en el cuadro luminoso. Su falda corta permitía una mejor panorámica todavía y sus bragas blancas destacaban entre sus largas piernas. Faltó bien poco para que lanzásemos un grito de alegría por el espectáculo dispensado. La visión no duró mucho, pero si lo suficiente como para dejarnos alelados por la emoción.


Aunque permanecimos algún tiempo más ya no tuvimos nuevas oportunidades de ver nada más de interés. La visión, de todas maneras, nos pareció extraordinaria. Entre lo que vimos y lo que imaginamos que vimos, salimos extasiados. Aquella ventana era un verdadero tesoro. Aquel día nos entusiasmamos tanto que incluso llegamos algo tarde a la ultima clase.


Durante todo el día siguiente estuvimos impacientes esperando el patio de la tarde para poder bajar de nuevo. Esta vez nos olvidamos de la comida y fuimos directamente al pequeño rincon. Impacientes aguardamos a que el destino se mostrase generoso con nosotros. Oíamos voces femeninas, pero no veíamos nada por lo que no quitábamos ojo a la ventana alargando el cuello para otear mejor. No tuvimos que esperar mucho. La suerte estaba de nuestro lado ya que, no solamente nos permitió ver varias veces el panorama del día anterior, sino que en un momento determinado Delfina se situó con un pie en el escalón y otro abajo con lo que nos permitió durante un rato tener una visión extraordinaria de sus encantos. Estábamos poco menos que alucinados con el extraordinario descubrimiento que habíamos hecho.


Naturalmente los días siguientes fueron una procesión al sótano. Bajábamos a cualquier hora que podíamos, pero el momento mejor, sin duda, seguía siendo la hora del patio de la tarde, era cuando podíamos ver algo, a otras horas no conseguíamos nada. El espectáculo que nos brindaba aquella ventana era extraordinario, hacía que nuestra líbido saltase como el tapón de una botella de champán. Más de una noche pusimos la litera a crujir recordando las imágenes que se nos habían ofrecido unas horas antes. La visión de los muslos y las bragas de Delfina era una tentación demasiado poderosa. Ni que decir tiene que nuestro descubrimiento fue un secreto que guardamos celosamente. Celosamente guardado mientras pudimos guardarlo, claro.


Como en el asunto de la despensa no estábamos sólos sino que teníamos dos compañeros más con los que habíamos dado el golpe, estos veían con preocupación que hacíamos demasiados viajes al sótano y suponían que nuestra intención era aprovecharnos de la comida. Evidentemente no estaban dispuestos a consentirlo, así que, aunque inicialmente habíamos convenido en ir al sótano en parejas para no levantar sospechas, ellos decidieron unilateralmente cambiar las normas. Tal fue su empeño que, durante unos días, no pudimos quitárnoslos de encima y tuvimos que dejar de acudir a nuestra ventana milagrosa. Como el asunto amenazaba con no terminarse nunca, tuvimos que confesarles que nuestro interés no estaba en la comida sino en aquella ventana. Naturalmente no les dimos toda la información, pero no hacía falta ser muy hábil para adivinar cual era el interés y las mejores horas en que el interés aumentaba. Así que nos vimos forzados a compartir nuestra atalaya de visión con nuestros compañeros. Evidentemente no era igual de cómodo, pero seguía teniendo su encanto.


Los secretos guardados en mayoría son difíciles de mantener así que una tarde, cuando bajamos a nuestro escondite buscando el espectáculo acostumbrado, nos sorprendió otro espectáculo que no esperábamos en absoluto. En el pequeño rincon de la ventana se amontonaban siete u ocho compañeros mirando por la ventana y dándose codazos entre ellos para tener mejor puesto de observación. Cuando nos acercamos nos dimos cuenta que todas las plazas estaban ocupadas y que no había manera de poder tener un puesto de observación medianamente decente, así que protestamos enérgicamente de que nos hubiesen privado de nuestros privilegios. Nuestros compañeros, naturalmente, no nos hicieron ni caso, no estaban dispuestos a respetar ningún tipo de derechos adquiridos. Y en eso estábamos cuando uno de ellos chistó alertándo de la presencia de alguien. Todos se apretujaron aún más buscando una buena visión y era tal el ramillete que no tuvimos la menor oportunidad de conseguir un sitio medio decente. Jorge y yo tuvimos que conformarnos con quedarnos fuera del nutrido grupo sin poder ver apenas nada más que a nuestros compañeros empujándose debajo de aquella ventana. En un momento determinado la visión tuvo que ser extraordinaria ya que, como un solo hombre, todos ellos echaron mano a su bragueta y comenzaron un rítmico movimiento de la mano. Nosotros nos moríamos de envidia pensando en qué podrían estar viendo porque nosotros apenas si veíamos un par de tobillos. Como el entusiasmo que tenían alcanzó cotas demasiado altas, se creó un pequeño barullo de empujones y exclamaciones que hizo que la chica no pudiese por menos que darse cuenta de que algo raro ocurría allí abajo. Se agachó y miró por el enrejado de la tela metálica el origen de todo aquel ruido. Entonces sí que pudimos ver desde nuestra posición la cara de Delfina con los ojos desorbitados.


Lo que vio debió aterrorizarla. Un grupo de cabezas mirándola con los ojos encendidos y practicando el juego de Onán a su costa no debió ser una visión que le alegrase demasiado ya que los gritos que comenzó a emitir no eran de alegría, sino de histeria. Y hay que reconocer, no se si por lo de practicar ballet, que tenía buenos pulmones. A sus gritos acudió su madre, pero nosotros ya no estábamos allí para verla. Salimos a escape, a toda la velocidad que nuestras jóvenes piernas eran capaces de darnos. Fue una carrera frenética contra la tragedia. Nosotros intentando salir del sótano antes que nadie pudiese vernos, y doña Maruja perseguida por los gritos de su hija, corriendo para intentar coger a alguno de aquellos fisgones a su salida del sótano. Se impuso la agilidad de la juventud y todos conseguimos salir de aquel agujero antes que nadie pudiese llegar para identificarnos.


La que se armó fue realmente gorda. Todos los responsables del colegio hervian buscando a los responsables. Las pesquisas para localizarnos fueron intensas, pero las explicaciones de por qué nos buscaban fueron muy pocas. Solo se hacía hincapié en que unos cuantos alumnos habían estado en el sótano, pero en ningún momento se dieron más explicaciones. Como era de suponer todos los compañeros andaban con la mosca detrás de la oreja por el asunto ya que conociendo las costumbres del colegio sabían que era demasiado ruido para tan pocas nueces. Y lo que más sorprendía sin duda era el empeño que tenía doña Maruja en localizar a los culpables, ella que nunca intervenía en los asuntos del colegio. Tras unos días de pesquisas, los resultados fueron nulos. Afortunadamente todos los que intervenimos en el asunto guardamos silencio y ninguno se dejó pillar, todos sabíamos las consecuencias que hubiera habido si nos cogen: la expulsión inmediata.


Así que, como siempre ocurre, ante los escasos resultados que se obtuvieron en la investigación, el asunto, poco a poco, fue olvidándose. Olvidándose para todos menos para nosotros que con el susto en el cuerpo todavía soñábamos con las largas piernas de nuestra vecina, y me imagino que para la propia Delfina que en sus peores pesadillas debía ver todavía aquellas cabezas filtrándose por debajo de su falda con la lujuria retratada en sus ojos.


Tras algún tiempo, todo volvió a su cauce normal menos el sótano que fue clausurado con unas tablas que fueron clavadas en la puerta impidiendo el acceso. Al condenar la puerta también impidieron que tuviésemos acceso a nuestra comida, así que perdimos nuestro importante aporte de sustento diario. De todas maneras hay que reconocer que pese a la pérdida que supuso para nuestro estómago, lo cierto es que aquella visión alimentó sobremanera nuestros espíritus. Todos los que estuvimos allí podemos acreditar que mereció la pena la perdida material a cambio de la visión que nos proporcionó aquella extraordinaria ventana.

Capítulo XIII La visita inesperada

(4º curso) -1965-
14 años

Cuando se tienen catorce años la vida es una explosión de experiencias y todas ellas se viven con una intensidad extraordinaria. Muchos de esos momentos permanecen en el recuerdo dejando una huella imborrable a lo largo de los años. Con esa edad las alegrías y las tristezas se graban tan hondo que ya no forman parte de tus recuerdos, sino que forman parte inseparable de tu vida, se pegan a tu piel para siempre y los sentimientos y las sensaciones que en ese momento se sienten pasan a formar parte de lo que uno es y de lo que siempre será.

A los catorce años las alegrías son más alegrías y las tristezas son más tristezas, y en muchas ocasiones el paso de una a otra es tan breve que uno no es consciente que cruza la línea hasta que algo en tu interior se rompe. A esa edad vivir es una constante aventura de aprender cosas nuevas, sobre uno mismo y sobre el entorno. Cada día es una pequeña lección aunque algunas se aprendan muy duramente.

Esta historia comenzó cuando recibí carta de un primo que vivía en Barcelona anunciándome su llegada. En la carta me decía que tenía que asistir a una boda en un pueblo de Murcia. Quería que nos viésemos, que asistiese también a la boda con él y su novia y que pasáramos ese fin de semana juntos. Me señalaba la fecha en que vendría y que lo tuviese previsto para poder salir. Aquello era como si me hubiese tocado la lotería, estaba desbordante de alegría. La boda no me importaba mucho aunque estas ceremonias son sinónimo de comer bien y eso siempre ayuda, pero lo que más me alegraba era poder salir con él todo el fin de semana. Aquello era todo un lujo y, además, mi primo Antoñín era el tipo de primo que cualquier chico de 14 años hubiera deseado. Era un tipo estupendo y yo estaba que no cogía en la piel de alegría.

Mi primo era doce años mayor que yo y le tenía un cariño extraordinario. Era camionero y conducía un volquete enorme transportando grava y arena desde las canteras a las obras. Algunas veces, durante mis vacaciones de verano me pasaba a recoger para llevarme con él durante todo el día. Entrábamos en las obras, le ayudaba a quitar la lona, volcábamos la graba y charlábamos como dos compañeros de trabajo. Era un gran conversador y muy expresivo así que me encantaban las mil historias divertidas que me contaba. Aquellas salidas que hacíamos eran para mí estupendas y las recordaba con un extraordinario cariño y como una gran aventura. Me sentía importante sentado en la cabina de enorme camión junto a él. En alguna ocasión me había dejado conducirlo en algún lugar alejado y como crío disfrutaba como un loco. Me parecía imponente que él pudiese dominar aquella mole tan pesada cuyo volante yo apenas podía manejar. Luego comíamos juntos en algún bar y, a veces, como la grava la cogía en canteras junto a la playa, aprovechábamos para darnos un baño cuando el sol se ponía y el mar estaba en calma con el agua más tibia. Darse un baño a esas horas era todo un lujo aunque más de una vez habíamos tenido que salir a escape porque los mosquitos nos cosían a picotazos al salir del agua.

Antoñín era una de esas personas alegres, simpáticas, joviales y extrovertidas que con todo el mundo se llevan bien y que causan la admiración de un chico de la edad que yo tenía. Aunque era mayor que yo, tenía la habilidad de hacerme sentir igual que él. Me trataba de un modo que no parecía haber distancias de edad entre los dos. Cuando yo hablaba me escuchaba como si lo que yo dijese fuese muy importante, y a mi me encantaba escucharlo a él. Le gustaba explicarme mil y una anécdotas de su trabajo y yo las escuchaba embobado. Era una de esas personas que tienen el don de hacerte sentir completamente a gusto en su compañía. Aquel era mi primo, así me hacía sentir, y yo tenía una carta en las manos en la que me decía que venía a Murcia, que iríamos de boda y que pasaríamos dos días juntos. Esperaba aquel día con una ilusión extraordinaria, ya que no solo rompía la soledad del colegio sino que además ¡era con Antoñín!

El permiso para la salida lo conseguí rápidamente, -me faltó tiempo para pedirlo- por lo que el único problema que me quedaba por solucionar era el de la ropa que me pondría esos días; ni que decir tiene que a esas alturas de curso todo mi vestuario se encontraba en un estado lastimoso. Afortunadamente el aviso me había llegado con tiempo suficiente y eso me permitía poder conseguir algo adecuado para una boda. Acudí a todos los compañeros que tenían una talla similar a la mía, pero no tuve suerte así que tuve que ampliar el abanico acudiendo a otros compañeros no tan compatibles con mi complexión. Todo fue inútil, no conseguí nada decente pese a todos mis esfuerzos. Mi escaso equipo estaba en las últimas, pero el de mis compañeros no estaba en mejor situación. Era lógico, a aquellas alturas de curso todos estábamos bajo mínimos. Así que tuve que admitir que tendría que depender de mi mismo para intentar apañármelas.

Aquel año, cosa extraña, me había llevado un traje al colegio y rebuscando en la taquilla todavía encontré una camisa que mereciese este nombre. Con todo esto pensé que la materia prima la tenía, solo faltaba darle un par de toques, pulirla un poco y con ello conseguiría acudir a la boda en perfecto estado de revista, o bueno, si no tan perfecto, por lo menos de manera que no tendría que avergonzarme.

El pantalón del traje estaba bastante sucio y la chaqueta también estaba muy mal, pero pensé que no tenían nada que una buena lavada no pudiese arreglar. Después una oportuna planchada debajo del colchón y aquello quedaría estupendamente. Así que, poniendo manos a la obra, decidí lavarla yo mismo para asegurarme el resultado.

No necesité mucho tiempo para adivinar que había sido demasiado optimista en mis cálculos. Puse la mejor de las voluntades, pero las manchas del pantalón se resistían a mi habilidad y a la del jabón que utilizaba que, evidentemente, no era el apropiado para estos menesteres. En vista del escaso fruto que había obtenido ya no quise intentarlo con la chaqueta, así que decidí confiar en la institución que me acogía, y eché las dos prendas a la lavandería.

En el colegio teníamos un servicio de lavandería atendido por una señora que nos devolvía la ropa lavada y planchada a las dos semanas de echarla a lavar. Cada uno de nosotros llevaba cosido en la ropa un número, por lo que todos sabíamos cual era la nuestra. Como ambas prendas estaban perfectamente identificadas decidí que aquella buena mujer sabría de coladas bastante más que yo y decidí darle un voto de confianza, aunque fuese forzado. Mi desconfianza no radicaba tanto en las dudas que tenía sobre su habilidad, como en la habilidad de mis compañeros para "distraer" cualquier prenda que necesitasen y les fuese bien. La ropa que se echaba a lavar solía desaparecer con demasiada frecuencia aunque luego volviese a aparecer lavada de nuevo al cabo de varias semanas. Yo también utilizaba la táctica de ir a la lavandería, coger la ropa que necesitaba sin saber a quien pertenecía, ponérmela y luego devolverla de nuevo a la lavandería. Así que cuando se echaba la ropa a lavar nunca sabías cuánto tardaría el ciclo y podrías recuperarla de nuevo. En teoría había un control de vigilancia en la puerta, pero eso nunca fue obstáculo para nadie.

Las semanas previas a la boda las pasé haciendo planes y comentando con los amigos el fin de semana que me esperaba. Era la envidia de mi círculo de camaradas, un fin de semana fuera del colegio era algo que todos deseábamos. Yo tenía en aquellos días mi momento de gloria.

El día que tenía que recoger la ropa allí estaba yo, el primero en la fila, para evitar sorpresas desagradables. Pese a todo no conseguí evitar la sorpresa ya que solo encontré la camisa; ni la chaqueta ni el pantalón estaban allí. Primero pensé que alguien había sido más astuto y rápido que yo, pero era raro que alguien hubiese cogido todo el traje. Tal vez el pantalón o la chaqueta podía ser, pero el traje entero era difícil. De todas maneras, a falta de una mejor explicación, no desestimé la posibilidad. Como todavía tenía algunos días decidí esperar a la semana siguiente y mientras tanto vigilar, ayudado por mis compañeros, que nadie llevase puesta mi ropa. La vigilancia no dio resultado alguno, nadie vio nada. La conclusión a la que llegué es que la ropa se había retrasado en la lavandería, por lo que al jueves siguiente, día de recogida, fui confiado a buscarla de nuevo y otra vez el primero de la fila.

Para mi sorpresa, tampoco ese día encontré mi ropa lavada por lo que, dado que faltaban solo dos días para la llegada de mi primo decidí hablar directamente con la señora encargada de la lavandería para averiguar qué había pasado. Cuando me oyó preguntar por el traje que había echado a lavar, en vez de darme explicaciones me echó una bronca impresionante diciéndome que cómo se me había ocurrido hacer aquello. Yo no entendía nada, lo único que sabía era que el traje estaba sucio y había que lavarlo, y el sitio adecuado era la lavandería. No sabía por qué se ponía así conmigo. Después de aguantar a pie quieto todo lo que quiso decirme, finalmente me señaló que el traje había ido a parar a la lavadora con el resto de la ropa sucia sin reparar en él hasta que tuvo que ponerlo a secar en el terrado y que allí estaba, tal como había salido de la lavadora.

Me dirigí rápidamente al terrado al que se llegaba por una escalera larga y estrecha con muchos años de polvo acumulado. Cuando llegué y vi mi traje no me lo podía creer, estaba materialmente destrozado. La chaqueta estaba rota en una hombrera, habían desaparecido dos botones y tenía un bolsillo desgarrado. No entendía como era posible que hubiera pasado aquello. El pantalón estaba algo mejor, pero las manchas seguían estando en el mismo sitio donde yo las había dejado. Estaban todas, no faltaba ni una sola. No acababa de creérmelo. Miraba aquella chaqueta, destrozada y no terminaba de creérmelo. En un segundo todas mis ilusiones se evaporaron, todos mis proyectos estaban tan rotos como aquella chaqueta. Mirando aquel pingajo arrugado colgando del tendedero se me puso un nudo en la garganta y las lágrimas asomaron a mis ojos. Me habían destrozado el traje, la ilusión y mi fin de semana.

Descolgué las dos prendas que ya estaban casi secas y con mi congoja a cuestas me dirigí escaleras abajo. No sé qué me ocurrió. No sé con qué pude tropezar, pero de pronto toda la escalera se puso patas arriba y me vi dando volteretas en el aire. Bajé rodando los escalones y golpeándome en todas las partes de mi cuerpo. Los golpes contra los peldaños se alternaban con los que iba dándome contra las paredes. Finalmente acabé rebotando en los escalones finales y fui a dar violentamente de costado contra el suelo del rellano levantando una buena nube del polvo acumulado. Todo sucedió en apenas un segundo. Caí envuelto en mi traje limpiando con él toda la suciedad de la escalera. Cuando me vi en aquella situación, no sé que me dolía más, si ver la suciedad tiñendo la chaqueta y el pantalón o el dolor que sentía en todo el cuerpo por los golpes recibidos.

Al oír el ruido algunos compañeros se acercaron a mí para interesarse por mi estado, pero yo estaba roto por dentro y por fuera. Lloraba desconsoladamente maldiciendo mi suerte. Lloraba por un montón de cosas a la vez. No me atrevía a moverme por el dolor y no tenía tampoco fuerzas para hacerlo. Cuando pensaba que no podía tener peor suerte al ver la ropa colgada en los alambres, el destino vino a enseñarme que sí que podía, y aquello lo estaba aprendiendo allí tumbado, dolorido y lloroso.

Mis compañeros intentaron levantarme, pero les pedí que no lo hicieran, les dije que me dejasen solo que ya me levantaría yo. Se sorprendieron un poco, pero al verme llorando a moco tendido y cabreado prefirieron dejarme solo. Me quedé allí tendido, con los ojos llenos de lágrimas y maldiciendo mi suerte. No tenía fuerzas para levantarme, no tenía fuerzas para nada, solo quería morirme, solo deseaba cerrar los ojos y morirme. En aquel momento hubiera sido una liberación. Mi único pensamiento lúcido era el de desear quedarme allí y morirme. Estaba seguro de que si me moría el tiempo que tuviese para ser consciente de que me moría lo habría utilizado en dar las gracias por terminar con todo aquello. Y me quedé allí tumbado, llorando y rogando.

No se cuánto tiempo pasó, pero no hubo negrura. No se me cerraron los ojos. No hubo nada de lo que pedí. Solo un intenso dolor comenzó a hacer su aparición recordándome que estaba muy vivo. Entendí que no importaba lo que yo desease, la realidad era que estaba en el suelo, con un traje sucio, llorando y con un intenso dolor en todo el cuerpo y que, más tarde o más temprano, tendría que levantarme de allí.

Cuando reuní las fuerzas suficientes me levanté como pude y me fui hasta el vacío dormitorio donde tenía la taquilla. Primero intenté limpiar el polvo del traje, fue inútil, no sé cómo, pero aquel polvo negruzco se había pegado a la ropa como si formase parte de ella y se negaba a despegarse. Busqué hilo y aguja e intenté arreglar el bolsillo y la hombrera rota. Mientras daba puntadas a la ropa con un hilo del color más aproximado que pude encontrar, mis lágrimas seguían resbalando por mis mejillas. Entre mi poca habilidad con la aguja y lo difícil que era recomponer aquello, en vez de mejorarlo, el aspecto de la chaqueta iba empeorando cada vez más. Yo seguía intentándolo, resistiéndome a lo evidente, pero aquello estaba claro que no tenía remedio posible. Aquel traje era un enfermo terminal y yo solo estaba rematándolo. Finalmente dejé de intentarlo y me quedé allí sentado, doliéndome todo el cuerpo, hasta que los ojos se me cansaron de llorar.

Cuando mi primo vino a buscarme para ir a la boda le dije que me habían castigado y no podía salir, me avergonzaba confesarle que no podía ir porque no tenía ropa adecuada que ponerme. Mi primo no se lo explicaba, no entendía cómo podían castigarme cuando él venía de Barcelona a buscarme. Se indignó y quiso ver al director para hablar sobre el asunto pero no le di opción ninguna de hacerlo. Le rogué que no hablase con nadie ya que eso supondría más problemas para mí. Finalmente, enfadado, aceptó.

Salimos a un bar cercano al colegio a tomar un refresco y estuvimos charlando un rato. Luego me dijo que sentía tener que irse sin mí. Cuando desde la puerta del colegio le vi alejarse en el coche sacando la mano por la ventanilla para darme un último saludo, los ojos se me llenaron de lágrimas, lloraba desconsoladamente. No lloraba por un familiar o por un fin de semana, lloraba por la angustia de todo lo que significaba estar allí dentro. Lloraba por mí mismo, por mi perra suerte. Cuando mi primo desapareció de mi vista volví a mi mundo, volví a entrar en el colegio por aquella puerta de enormes hojas de madera.

Capitulo XIV El vértigo en el caos se desata

(4º curso)
14 años

Me había levantado contento. El día prometía ya que estaba señalado como medio festivo y eso significaba que por la tarde no tendríamos clase y podríamos salir un rato de paseo.
La vida en el colegio era de una monotonía total, los días se sucedían uno tras otro con el mismo tedio que solo se rompía los fines de semana si no estábamos castigados sin salir. Después de varios años sin tener la posibilidad de salir solo de paseo debido que era pequeño, yo gozaba ya del estatus de mayor que me permitía salir solo del colegio cuando se permitía salir los fines de semana o los días festivos. Así que no era raro que me sintiese contento por las perspectivas del día y, como yo, la inmensa mayoría de mis compañeros.
Todos nos las prometíamos felices y ya habíamos hecho planes para aquella tarde. Las clases de la mañana se hicieron con más alegría de lo habitual y al mediodía el ambiente en el colegio era ya era el típico de las festividades. Los compañeros ya estaban haciendo planes, pidiéndose dinero unos a otros o solicitándose ropa en estado medio decente con la que poder salir a la calle.
A las tres de la tarde, después de comer y del patio, cuando ya todos esperábamos que se anunciase que podíamos salir, lo que se nos comunicó fue un brusco y decepcionante cambio de planes. D. Manuel, nuestro director, no se mostraba de acuerdo con aquella fiesta y, por tanto, no habría ni salida ni paseo por la ciudad.
La noticia se extendió como reguero de pólvora. En pocos minutos todos estábamos enterados de las malas noticias. La decepción se palpaba en el ambiente. Ninguno entendíamos aquel brusco y nuestro estado de ánimo oscilaba entre la indignación contenida y el desánimo más evidente. La información que nos llegaba de los compañeros externos era la de que ningún colegio en la ciudad tenía clase esa tarde y que éramos exclusivamente nosotros quienes daríamos clase. Los pasantes, que eran los encargados de vigilarnos y a los que algunos compañero tenían buen acceso, no aportaron nada nuevo a la situación creada excepto que las instrucciones que habían recibido era de que esa tarde se darían las clases con total normalidad.
Del estupor se pasó a la indignación y en los corrillos que era donde se forjaba la opinión pública, los comentarios eran subidos de tono. A todos nos parecía una injusticia intolerable que fuésemos el único colegio en toda la ciudad que no tendría esa tarde fiesta. La indignación en todos nosotros era evidente, pero en general era una indignación calmada y contenida. Sin embargo, algo vino a romper aquella calma engañosa.
La situación se deterioró cuando los compañeros que estudiaban fuera del colegio, incluidos los de Maestría Industrial ‑la formación profesional de aquella época‑ se marcharon a la calle supuestamente a sus clases como siempre, pero nosotros sabíamos que no era así, que ellos no tenían clase y, por tanto, iban a aprovechar su situación para disfrutar de un paseo. Para ellos si había fiesta ya que estudiaban fuera. Aquel agravio comparativo desató nuestra reacción.
En el colegio no había graduación establecida, pero la edad y, por tanto, la veteranía era la escala establecida en la toma de decisiones y en los comportamientos de grupo. Los que estudiaban Preu o sexto curso eran, generalmente, mayores que los compañeros que hacían Maestría Industrial, y eso significaba que a los que ellos consideraban pequeños iban a tener un privilegio del que ellos no dispondrían. Aquello era poco menos que subvertir el orden natural por el que se regía la vida del colegio.
Los compañeros de Preu se reunieron en el patio y estuvieron deliberando un rato. Finalmente, y dado que aquella tarde no tenían clase, optaron por marcharse a la calle sin ninguna autorización. Todos vimos como se encaminaron a la puerta que estaba sin vigilancia y se marcharon. Los compañeros de sexto curso en vista de la actitud de los de Preu, decidieron también marcharse, no iban a ser menos, al fin y al cabo solo les separaba un curso y el hecho de que ellos si tuvieran clase no supuso obstáculo alguno. También ellos salieron por la puerta.
Aquello fue una reacción en cadena. Quinto curso no quiso ser menos y también optó por tomar ejemplo de sus compañeros. Los de cuarto curso que no estábamos nunca de acuerdo en nada, esta vez de forma unánime los treinta y siete que éramos actuamos como uno solo y tomamos la decisión de irnos también. Salimos por la puerta todos juntos y como no teníamos planes prefijados nos fuimos donde nos pareció que podíamos pasar más desapercibidos: a la huerta. Todo el grupo estuvimos de acuerdo en que permaneceríamos juntos aquella tarde y que luego, igualmente, afrontaríamos todos juntos la entrada al colegio. No queríamos desertores ni nadie que hiciese la guerra por su cuenta. Todos saldríamos juntos y todos entraríamos juntos. Lo que sucediese lo afrontaríamos todos unidos.
La tarde la pasamos deambulando por la huerta y las orillas del río. Comimos la fruta que encontramos al paso ya fuese verde o madura; corrimos hasta cansarnos jugando a mil cosas y, en general, lo pasamos estupendamente. Solo de vez en cuando veíamos perturbado nuestro ánimo al acordarnos de que teníamos que volver. En esos momentos un escalofrío nos recorría la columna vertebral pero las bromas sobre el tema nos reconfortaban y nadie quería reconocer que estaba asustado de las consecuencias de nuestra acción. Finalmente la tarde acabó e iniciamos el incierto camino de retorno.
Cuando llegamos cerca del colegio nos encontramos a todos los restantes cursos que se habían fugado en el jardín de Santa Isabel, un jardincillo de estilo romántico que estaba próximo al colegio. Estaban todos congregados esperando la hora de la cena, como si no hubiera pasado nada, como si fuese un día de fiesta normal.
Uno de los compañeros de Preu volvía con un pick-up, un tocadiscos a pilas que mi amigo Jorge le había prestado. Como no había nada que hacer excepto esperar decidimos ponerlo en marcha para animar un poco la espera. La música sonó por el jardín y todos coreábamos la canción con palmas o cantándola. A Jorge le debió parecer poco este acompañamiento ya que en un rapto melómano se subió a un banco y comenzó a bailar mientras todos los demás le animábamos. En ese momento, don Filomeno, el subdirector del colegio, pasó junto a nuestro nutrido grupo y lo vio en plena actuación. Las chispas que echaba por los ojos casi restallaban a su alrededor. No dijo nada, siguió su camino en dirección al colegio, pero su mirada nos taladró a todos y en especial a Jorge. Todos comprendimos que aquello era mal, pero que muy mal presagio. Hasta ese momento todo había sido fiesta y alegría, a partir de ese momento la realidad se abrió paso a dentelladas. La noche se presentaba larga y movida; muy larga y muy movida. El temor comenzó a infiltrarse en las, hasta ese momento, apretadas filas.
Cerramos el tocadiscos y en silenciosa procesión nos fuimos acercando al colegio. Todo estaba en silencio, como si no pasase nada anormal. Las luces del salón de estudio estaban encendidas, las del comedor también, y nadie vigilando. La puerta estaba libre y expedita, como invitándonos a entrar con total normalidad.
Antes de llegar a las proximidades de la entrada comenzaron las dudas sobre quienes serían los primeros en atreverse a entrar. Se hicieron algunos amagos por parte de algunos valientes que, a la hora de la verdad, resultaron no serlo tanto. Todos sabíamos que aunque no hubiese nadie en la puerta, la partida se jugaría dentro, una vez entrásemos, y nadie quería ser el primero en abrir la marcha. No se necesitaba ser muy inteligente para saber que don Filomeno estaría esperándonos y por el gesto que habíamos percibido en el jardín no debía estar muy contento.
Finalmente, ante la falta de decididos y puesto que había que subir, Jorge tomó la delantera haciendo de tripas corazón y yo le seguí a continuación, eso sí a unos pasos dejando entre ambos una prudente distancia. Con cierta precaución y oteando lo que había delante traspasamos la puerta y todos los demás siguieron nuestros pasos. A continuación franqueamos el rellano de entrada y comenzamos a subir las escaleras con cautela. A mí, con cada peldaño que subía, se me iba un trozo de alma, así que no fue de extrañar que, poco a poco, fuese rezagándome mientras Jorge abría la marcha en solitario. Y como no podía ser de otra manera, fue precisamente Jorge el primero que se encontró con lo que nos esperaba.
Don Filomeno estaba en el pasillo del primer piso esperándonos. El pasillo no era muy amplio y el cuerpo del subdirector ocupaba lo suficiente como para que tuviésemos que pasar por allí de uno en uno. Cuando nos lo encontramos pude percibir detrás mío una cierta convulsión en toda la fila, era como si a todos les hubiese dado una sacudida eléctrica el pasamanos de madera de la escalera, lo sé porque es lo que yo sentí. Los cuchicheos indicaban que los de delante iban informando a los de atrás que no podía ver qué era lo que les esperaba. Jorge, tras un primer titubeo, siguió avanzando, ya no podía retroceder, la suerte estaba echada. Cuando llegó a la altura de don Filomeno éste desplegó las manos que tenía a la espalda, las levantó al unísono y las dejó caer sobre nuestro compañero con violencia. Ni siquiera sabía donde golpeaba, sus manos eran como un molinillo buscando el bulto y golpeando mientras le decía:
‑¡¡Baile!! ¡¡Baile Ud. ahora eso tan bonito que bailaba antes!!
Jorge bailaba, pero no aquello tan bonito a lo que se refería don Filomeno. Bailaba un baile muy distinto, el que se baila cuando la cabeza se mueve al compás de las bofetadas que se reciben y se trata de evitar las que tienen que venir a continuación. Mientras sacudía a Jorge, los que íbamos detrás intentamos astutamente colarnos aprovechando la circunstancia, pero la táctica no dio resultado. Nuestro subdirector no estaba dispuesto a soltar ninguna presa, se le notaba especialmente interesado en que nadie se quedase sin recibir su correspondiente lección. Así que, además de estar pendiente de sacudir a Jorge, ponía su cuerpo de tal manera que impedía nuestro paso. Aquel hombre estaba en todo. A la barrera que formaba don Filomeno había que añadir que el agitado bailoteo de Jorge no nos ayudaba en absoluto a sortear el obstáculo. Así que entre intentos frustrados de pasar tuvimos que esperar un hueco fortuito o un momento propicio en aquella danza macabra que nos permitiera una oportunidad de escape. Finalmente, D. Filomeno viendo nuestros intentos y temiendo que en algún momento lográsemos nuestro propósito dejó de golpear a Jorge para dedicarse a hacerlo a todos los que se encontraban a alcance de sus manos. Era como el paso de las Termópilas, allí nadie pasaría sin tener su propia ración de tortas.
Lo que vino a continuación no fue un golpeteo selectivo, sino un maremágnum de golpes repartidos con dispar fortuna. Como el reparto era aleatorio fuimos recibiendo de manera desigual, unos se llevaron apenas algún golpe de refilón, pero otros recibieron golpes certeros en diversas partes de su anatomía, yo lo podía apreciar por la diferencia de sonido que oía detrás de mí. Yo ya había tenido mi ración y había conseguido atravesar aquel desfiladero de guantazos. Cuando miré hacia atrás pude ver a todo el resto de la fila de compañeros, que como una serpentina, se movía al compás de una extraña danza. Unas veces por los golpes que recibían y otras al intentar evitarlos.
A medida que íbamos pasando por el desfiladero un vigilante nos hacía entrar en el aula de tercero que era la más próxima al salón de estudio. Allí fuimos hacinándonos todos, de pie, esperando nuevos acontecimientos.
Mientras esperábamos en aquella clase, todos los que no se habían escapado, los pequeños, bajaron a cenar. Cuando terminaron subieron a los dormitorios pasando por delante nuestro mientras aguardábamos la presencia de nuestro director. La solidaridad funcionó ya que casi todos traían un chusco escondido que nos lanzaban al pasar. Tal como los recibíamos los repartimos y todos pudimos conseguir algún trozo con que llenar la barriga.
Cuando todo el colegio quedó en la más absoluta calma, hizo acto de presencia de nuevo don Filomeno. Fue mandando a cada curso de los allí congregados a sus clases correspondientes. Era curioso oír a esas horas de la noche: "¡Cuarto a clase de literatura!". Pero curioso o no, cuarto curso fue a clase de literatura a las diez de la noche.
Siguiendo instrucciones entramos en clase con nuestros libros y nuestros apuntes y nos sentamos. Al poco llegó don Filomeno que era el profesor que nos daba la asignatura quien nos dijo:
‑Señores esta noche no van a dormir. Uds. se han ido pretendiendo no dar clase, pues bien, van a tener clase durante toda la noche. Tomen una libreta en blanco, el programa del libro y contesten a todas y cada una de las preguntas del programa, sin dejarse ni una sola. Al que pille copiando lo expulso del colegio y al que no me apruebe este examen le suspendo el curso. Ya pueden empezar ‑y a continuación se hizo un pesado silencio‑
A las alturas de curso en que estábamos ya habíamos dado gran parte del libro, por lo que el examen era de más de la mitad de toda la materia y además, pregunta por pregunta. Jamás hasta aquella noche me había parado a pensar lo larga que puede llegar a ser la literatura española ¡que forma de producir literatos tenemos en España, y eso que no todos estaban en mi libro! Comenzamos a escribir en silencio, resignados a nuestra suerte. A Jorge, para completar la noche, casi lo pillan copiando. Menos mal que tenía práctica y pudo librarse por un pelo. Lo cierto es que aquella noche su ángel de la guarda tuvo trabajo a destajo, debió de tenerlo tan pegado a él que seguro que también se llevó algún guantazo.
A las tres de la mañana, cuando estábamos medio dormidos y con los dedos entumecidos de tanto escribir de pronto entró uno de los pasantes y cuchicheó algo al oído del subdirector. Éste levantó la cabeza y nos dijo:
‑Pueden irse a dormir, pero todavía no hemos terminado, mañana nos veremos las caras en clase.
No acabábamos de creerlo. Aquel repentino cambio de actitud nos desconcertó por completo pero, evidentemente, ninguno iba a preguntar por las razones ni íbamos a dejar pasar la oportunidad de retirarnos. Todos desfilamos en silencio hacia los dormitorios dando gracias a la Providencia. En aquel momento no lo sabíamos pero aquella noche la Providencia se vistió de muerte ya que la cancelación del castigo se había debido a que la madre de don Manuel, el director, había fallecido. Ninguno de nosotros la conocía, pero seguro que todos tuvimos un recuerdo piadoso hacia ella. Ignorábamos si había sido buena en vida, pero todos estuvimos de acuerdo en que había sido muy buena en la muerte.
Tras el incidente todos sentimos cierto complejo de culpa por lo que habíamos hecho. No por habernos fugado para disfrutar de una tarde que creíamos que en justicia nos pertenecía, si no por la desafortunada oportunidad que tuvimos al hacerlo en aquellas circunstancias. El miedo a las represalias y la pesadumbre por la culpa nos duró pocos días, al poco tiempo ya estábamos como siempre, con nuestros juegos y nuestros estudios y, sobre todo, pensando en que ya quedaba menos para volver a casa con nuestras familias.

Capítulo XII: ¿Por quién doblan las campanas?

(4º curso)
14 años


Algunos de nuestros profesores habían adquirido en el colegio una fama especial obtenida a través de los años. Algunos la habían adquirido debido a las asignaturas que impartían y otros por su especial manera de ser, pero uno de ellos había conseguido conjugar ambas cosas: Matamoros.
Matamoros era el profesor de matemáticas de cuarto curso. Era un tipo imponentemente grande o a nosotros, por lo menos, nos parecía así pelirrojo, con la cara llena de pecas y voz grave, profunda y cascada. Su graduación en el ejército era la de comandante y aunque nunca le vimos de uniforme, nadie hubiera puesto en duda su grado juzgando su actitud.
Matamoros no hablaba, mandaba con un bramido. No te miraba, te freía con la mirada. En la resolución de las ecuaciones de matemáticas que hacía, parecía un prestidigitador. Hacía malabares con los números, se sacaba unas reglas numéricas extrañísimas del sombrero y nosotros las acatábamos como un auténtico dogma de fe. Ninguno de nosotros entendía nada, pero aquello era lo de menos, lo importante era seguir el desarrollo hasta que, ¡oh cielos!, todo se despejaba y quedaba una sola cantidad como solución final.
Cuando ponía aquellas extrañas ecuaciones en la pizarra y comenzaba a multiplicar fracciones, trasponer términos, simplificar potencias, dividir conjuntos de equis y aislar incógnitas nos sentíamos absolutamente maravillados por aquel hombre que había conseguido penetrar en un mundo misterioso y prohibido. En su presencia todos teníamos la sensación de ser las personas más ignorantes del universo. El grado de inutilidad que sentíamos delante de aquel hombre era extraordinario y él, además, ya se encargaba de decírnolo asiduamente para que no lo olvidásemos..
Sus clases podían ser muchas cosas, pero nunca eran aburridas. Desde que entrábamos hasta que salíamos estábamos tensos como las cuerdas de un violín. El miedo que sentíamos era algo enfermizo, nos dejaba tan paralizados que en ocasiones imagino que pensaría que teníamos el cerebro atrofiado. Esta es la historia de una de aquellas clases.


Aquel día, como tantos otros, fuimos entrando en clase y nos sentamos alborotando a la espera de Matamoros. Poco después entró nuestro profesor y el silencio se hizo sepulcral. Todas las cabezas se inclinaron mansamente sobre los libros, aunque en realidad nadie veía el contenido, todos estábamos más pendientes de elevar mudas oraciones al cielo para no ser la víctima propiciatoria de aquel día.
Su voz retumbó grave y zumbona con un deje áspero y casi burlón. Como siempre comenzó diciendo:
¡A ver, uno que borre la pizarra!
Nadie movió un solo músculo. Las cabezas agachadas intentaban no sobresalir.
¿Es que no me han oído? ¡A ver, uno que borre la pizarra! volvió a repetir mientras miraba una carpeta de notas que tenía en la mano.
Silencio. Nervios a flor de piel y más mudas oraciones.
¿Uds. es que son sordos? ¡Venga, Ud. mismo, salga a borrar la pizarra!
Respiramos aliviados y, por primera vez, levantamos la cabeza para poder ver a la víctima propiciatoria que iba a ser sacrificada aquel día. Le había tocado el turno a Alguacil. Éste se levantó pálido, cogió el trapo y comenzó a borrar lentamente la pizarra. Matamoros seguía mientras tanto leyendo distraidamente las notas que tenía en las manos. Alguacil viendo en este resquicio de distracción su oportunidad se movió rápidamente, con la presteza que da la experiencia, y en cuestión de segundos había acabado su cometido y vuelto a sentarse.
Todos admiramos su hábil maniobra aunque sabíamos que era inútil, cuando Matamoros cogía una presa no la soltaba tan fácilmente. Cuando el profesor levantó la cabeza y vio la pizarra limpia y vacía pregunto:
¿Donde está el que borraba?
Alguacil se levantó viendo cortada su retirada y se resignó a su destino. Cogió la tiza y esperó con el estómago encogido.
A ver, escriba por ahí... y Matamoros comenzó a dictar uno de esos jeroglíficos misteriosos que llaman ecuaciones. Cuando hubo terminado le dijo socarrón:
Y ahora... ¡al toro que es una mona!

Nuestro compañero se quedó mirando aquel galimatías. Ladeaba suavemente la cabeza en una y otra direccion, como buscándole el ángulo apropiado para intentar comprender aquello que había escrito en la pizarra, pero no debió tener mucho éxito porque su cuerpo estaba rígido y su mirada parecía perdida en el infinito. Sus ojos reflejaban la más profunda ignorancia que imaginar se pueda. En eso todos nos sentíamos solidarios. Como no sabía qué hacer, actúo de la forma mas razonable: no hizo nada. Se quedó mirando aquellos números con aire pensativo y en completa inmovilidad. La voz de Matamoros se dejó oír desde el fondo de la clase con su característico tono grave.
¿Qué hace Ud.? ¿Invoca a la Santísima Trinidad?
Matamoros tenía eso de bueno, difícilmente se enfadaba, se tomaba nuestra ignorancia con una filosofía digna de un sabio griego. Se limitaba a ser socarrón con nosotros y a final de curso suspendernos.
Los primeros apuntes le llegaron a Alguacil desde el primer banco aprovechando que Matamoros estaba al fondo de la clase. Alguacil podía ser duro de mollera, pero era fino de oído. Una vez abierta la primera brecha en aquella muralla, pareció que el asunto se ponía bien, así que tomó carrerilla con la tiza y los números fueron llenando a buen ritmo la pizarra. Cuando se paraba, Mamoros desde el fondo le daba una instrucción y los números volvían a fluir con más o menos rapidez. Entre lo que él sabía porque algo sabía y los soplos que le llegaban, defendía con gallardía su posición. Todo iba bien hasta que llegó a un momento crucial. La pizarra estaba completamente llena de números y Alguacil buscaba un hueco para hacer una división que la ecuación requería. Nuestro compañero estuvo un tanto indeciso de dónde realizarla entre aquel marasmo de números. Imaginábamos que valorando si hacerla en privado o cara al tendido. Era de dominio público que no se llevaba nada bien con las divisiones. Matamoros conociendo también esta triste faceta de nuestro compañero, trono desde el fondo:
¿Qué, buscando sitio para ahorcarnos?
A Alguacil se le disiparon de golpe todas las dudas. Buscó un rincón bajo que pudiese tapar con su cuerpo y comenzó a escribir. Ninguno podíamos ver lo que escribía, ya que cubría muy bien la zona, pero al tercer borrón y vuelta a comenzar, Matamoros decidió intervenir.
¡Esto es más largo que el parto de las siete lunas!
A Alguacil el comentario no debió servirle de mucho, ya que prácticamente escribía y borraba al mismo tiempo. Tras varios intentos más pensamos que había culminado su delicada misión cuando se quedó quieto mirando su obra. Ninguno podíamos ver nada ya que seguía allí de pie tapando los números. Nuestro compañero se mostraba remiso a enseñar su elaborada división. Ante tan alevoso encubrimiento y ante la curiosidad general y la suya propia, nuestro profesor preguntó:
¿Qué ha sido niño o niña?
Hasta en tan amargo trance todos reímos, incluida la víctima que estaba en la pizarra. Alguacil se apartó y todo pudimos ver el producto terminado. La división estaba bien y todos nos congratulamos con tan feliz acontecimiento. Luego continuó con el resto de las operaciones. Tras algunos errores, muchos apuntes desde los primeros bancos y algunos bufidos de Matamoros, nuestro compañero consiguió terminar cuando ya apenas faltaban cinco minutos para el final de la clase. Afortunadamente ya no había tiempo para que ninguno pudiese salir. Matamoros no esperó. Seguramente tenía ganas de perdernos de vista, sentimiento que compartiamos, así que nos dijo en tono lastimero:
Id. Id con Dios y que el cielo nos proteja.
Todos comenzamos a salir de clase con un respiro de alivio. Nos confortaba la idea de que tendríamos veinticuatro horas por delante antes de que otra de nuestras cabezas rodara frente a aquella maldita pizarra.

Capitulo IV La guerra de las naranjas

2º Curso
(12 años)


Ya estaba en segundo curso.

Tras el verano en casa me incorporé de nuevo al colegio que, a diferencia de la primera vez, ya me era muy familiar. Había pasado un año y, sin duda, se podía decir que estaba perfectamente adaptado. Pese a las dificultades, aunque a trancas y barrancas, conseguí aprobar ingreso y primero de bachiller y allí estaba de nuevo, plantado en segundo curso y siendo ya todo un veterano, o eso me parecía a mi.

Aquel primer año me había servido de rodaje y había aprendido nuevas habilidades: sabía hacer una petaca; sabía distinguir sin tocarlo un chusco blando de uno duro; había aprendido a ponerme ropa dos tallas mas grandes que la mía sin que apenas se notase y, lo que era más importante, sin que el dueño se diese cuenta; había cobrado cierta habilidad abriendo candados; sabía hacer un dado con tiza para poder jugar; era todo un experto en el juego de las chapas y había aprendido a controlar los paquetes de comida que llegaban a los compañeros así como a controlar quien estaba con recursos y en disposición de hacerte un favor. Aquel era mi segundo año en el colegio y eso se notaba.

El colegio tenía muchísimas carencias, tal vez eran demasiadas para achacarlas, exclusivamente, a la incompetencia o la desidia de los responsables. Por el colegio siempre corrió el rumor -seguramente bien fundamentado- de que parte del presupuesto que el Ministerio del Ejército destinaba a nuestra educación, se perdía por el camino en los bolsillos de alguien, y a nosotros solo nos llegaba una parte muy exigua. Algo de verdad debía haber en todo aquello porque, cuando había alguna inspección de Madrid, veíamos aparecer colchas en nuestras literas que no sabíamos ni que existían y la comida mejoraba de una forma notabilísima. En general, durante las horas que duraba la inspección, el colegio parecía realmente otro.

La higiene y los servicios, pese a tener un director médico, no era lo que precisamente sobresalía en aquella institución. Las sábanas que, teóricamente debían cambiarse cada mes, prolongaban siempre su estancia en nuestras camas más de dos meses y en algunas ocasiones bastante más. Era toda una experiencia formar parte del grupo de los que recogían las usadas y dejaban las limpias. Era un ejercicio que curtía muchísimo y los que lo pasaban tenían mucho cuidado en que no repetirlo buscándose todo tipo de triquiñuelas.

Otro ejemplo de la dureza presupuestaria a que nos obligaban eran los libros. Los que usábamos eran más antiguos en el colegio que la mayoría de nosotros. Servían los de un año para otro y a medida que crecían en antigüedad disminuían en volumen, ya que desaparecían hojas y la mayoría tenían más anotaciones y dibujos a bolígrafo que texto. Naturalmente si el que nos daban a principio de curso estaba incompleto, teníamos que ingeniárnoslas para recuperar la parte perdida o tomar anotaciones de algún otro libro en mejor estado. A veces con tres conseguíamos hacer uno completo. En años sucesivos la cosa empeoró ya que, como algunos libros caían en la refriega del curso y no eran repuestos, comenzaron a darnos un libro de cada materia para cada dos alumnos y, en ocasiones hasta para tres si el libro era de los muy utilizados. Naturalmente todo eso nos obligaba a agudizar el ingenio para superar los problemas. Lo curioso es que durante las inspecciones muchas de aquellas cosas desaparecían y aparecian libros y libretas completamente nuevas que eran estrategicamente dispuestas para poder ser vistas.

Este tipo de cosas y muchas otras provocaba que los rumores circulasen insistentemente y que todos en el colegio estuviésemos convencidos de que parte del presupuesto que daban para todas estas cuestiones fuese a engrosar bolsillos particulares.

Bien es verdad que en la ciudad existía una oficina del Patronato en las dependencias de la Delegación del Ministerio del Ejército a la que hubiéramos podido acudir a elevar nuestras quejas, pero ¿quien era el valiente que se atrevía? Estaba claro que el que lo hiciera debía estar dispuesto a autoinmolarse ya que, sin duda, estaría condenado a una existencia miserable debido a las represalias o, aún peor, para evitarlas se vería obligado a exilarse a otro colegio. Además no estábamos seguros de casi nada ¿y si realmente lo que nos daban era lo que correspondía?, ¿y si uno de los que distraía parte del presupuesto era precisamente el mismo al que íbamos a ir a quejarnos? Eran demasiadas interrogantes sin respuesta y nosotros teníamos un sentido de la autoprotección muy desarrollado. Así que todo se quedaba en hondas cabilaciones y muy pocos resultados prácticos. En todo aquel asunto el miedo superaba cualquier otra posible reacción.

Pero pese a todas estas cosas, sin duda, lo que peor llevábamos, era de lo de la comida. Todos estábamos de acuerdo en que por muy bajo que fuese el presupuesto aquello era intolerable, hasta nosotros, éramos capaces de apreciarlo. Estábamos seguros de que cualquier inspección que hubiera venido de improviso y hubiera visto todo aquello se indignaría y con toda razón, pero ¿Quién le ponía el cascabel al gato? Cuando en ocasiones nos quejábamos a Chuchi por lo mala que era la comida montaba en cólera con nosotros y su respuesta siempre era la misma: "ir a hablar con el Director, con lo que me da ya podéis estar contentos". Estaba claro que aquello era un callejón sin salida.

Lo mejor que teníamos era el pan que traían de la Intendencia Militar, eran los famosos chuscos del ejército. Para cumplir este cometido siempre había algún voluntario que iba a buscar los sacos de pan, ya que quienes lo traían recibían, cómo premio, dos chuscos extra. Hacer que un chico de catorce o quince años trabaje llevando sacos de pan por dos chuscos demuestra la necesidad que tenían algunos de nuestros compañeros.

Por las mañanas era todo un ritual el asunto del pan. A la entrada del comedor se ponían dos cestas llenas y a medida que pasábamos debíamos recoger un chusco y una onza de chocolate. Cómo siempre sobraba algo de pan del día anterior se solía mezclar en las cestas con el del día y eso provocaba que a algunos les tocase pan duro para desayunar. Para evitar que te tocase uno de los chuscos del día anterior la técnica que empleábamos era pasar la mano muy cerca de los chuscos para notar el calor y poder coger uno caliente que eran los del día. El problema se agudizaba a medida que el pan del día iba desapareciendo y sólo iba quedando el duro, esto provocaba que los que entraban debían tocar el pan en busca del blando e incluso, cuando la cosa se ponía fea, escarbar en busca del caliente. Todo aquello, evidentemente, generaba un considerable atasco, así que el procedimiento de resolverlo era expeditivo: el que en la cola se detuviese más de lo debido junto a las cestas el vigilante de turno le daba un capón y un empujón y que siguiera la cola, tanto si había cogido pan cómo si no.

Para eliminar el problema del sobeteo de pan decidieron entonces calentar el pan duro para disimularlo y que no se pudiese distinguir uno de otro. Eso nos obligó a cambiar de táctica e introdujo sólo una pequeña dificultad añadida, ya que no solamente debíamos tocar el pan sino que, además, debíamos apretarlo para saber si era duro o no. Los embotellamientos se siguieron produciendo y los capones se siguieron distribuyendo. ¡Daba una rabia cuando no conseguías pan blando y tenías que conformarte con el del día anterior llevándote además un par de capones de propina!

Los postres que nos daban en la comida solían variar poco, una tira de carne de membrillo o tres galletas María que nos comíamos mojándolas en agua para ablandarlas. Cuando llegaba el buen tiempo entonces nos daban de postre una pieza de fruta, generalmente naranjas.

El desencadenante de esta historia fue precisamente eso, la fruta que nos daban de postre. Vivíamos en una ciudad en la que estábamos rodeados de naranjos por todas partes, no se podía ir a ninguna parte de la ciudad sin contemplar naranjos y, curiosamente, en una ciudad así, las que nos daban para el postre eran ridículamente pequeñas y muchas de ellas en mal estado. Aquello fue tan descarado que las quejas se hicieron más que evidentes. Tras varios días de tener naranjas podridas de postre, la indignación fue tal que, por primera vez en la historia del colegio, un grupo de mayores pidieron ver al director para informarle de la situación. Pese a que la queja fue corroborada con la aportación de varias naranjas en mal estado la situación no mejoró en los siguientes días. El director, pese a sus buenas palabras, no hizo nada por remediarlo ya que la situación no se modificó.

En los siguientes días los ánimos se fueron soliviantando y, finalmente un día, después de comer, algunos compañeros formaron grupos en el patio y comenzaron a cantar, a voz en grito, canciones con letrillas sarcásticas alusivas al tema, algunas de ellas de tono más bien subido. El asunto no debió de gustar mucho al director ya que bajó con su vara de bambú debajo del brazo, comenzó a propinar golpes a todos los cantores que pudo alcanzar y, cuando regresó a su despacho, la varita estaba rota y algunos de nuestros compañeros tenían su marca en la espalda.

Yo, con doce años, era demasiado pequeño todavía para entrar en aquellos corrillos donde se cocía la opinión pública del colegio, pero recuerdo que la situación estaba que echaba chispas. Por todos los rincones se podían ver grupos de conspiradores maquinando formas de protesta e ideando mecanismos de represalia por el castigo recibido. Los ánimos se fueron encrespando y, finalmente, el conflicto estalló. Las hostilidades estaban rotas.

Un día recibí la consigna: "no comer la naranja y salir al patio con ella". Yo no sabía a que obedecía la consigna, no tenía acceso al centro de mando, pero lo que sí sabía era que, cuando se daba una consigna, regía para todo el mundo: grandes y pequeños. Así que aquel día, después de comer, salimos todos al patio con la naranja en la mano. Cuando todos estuvimos fuera, los más mayores comenzaron a lanzar sus naranjas contra una de las paredes del colegio. Todos seguimos su ejemplo y las naranjas que nos pusieron aquel día en el postre fueron a parar contra la pared que terminó con un aspecto bastante deplorable.

El golpe de protesta estaba dado. La primera acción armada había sido realizada con disciplina, rapidez y eficacia. Estábamos seguros de que, después de esta demostración de fuerza, tendrían que ceder y mejorar, no sólo el postre, sino también el resto de la comida. Después de aquella valerosa e intrépida acción, flotaba en el aire un magnífico clima de triunfo. Nos sentíamos orgullosos de habernos enfrentado solidariamente al enemigo y teníamos confianza en que la fuerza y cohesión que habíamos demostrado nos permitiría ganar aquella batalla.

Naturalmente el asunto trajo cola. Los pequeños quedamos al margen de las represalias, pero los mayores, a partir de cuarto curso, estuvieron castigados en estudio durante varios días. El castigo consistía en dejar a los castigados en la sala de estudio sin permitirles ir a dormir hasta la hora que se considerase oportuna. La hora de marchar a la cama oscilaba en función de la intensidad del castigo que se pretendía aplicar y podía oscilar entre la una y las cuatro de la mañana. En aquella ocasión y durante varios días consecutivos, muchos de nuestros compañeros casi vieron amanecer a través de las ventanas de aquella inmensa sala. Fueron días en los que se podía ver a muchos compañeros dar cabezadas en cualquier parte o dormir en la hora de patio.

El aire se enrareció de manera absoluta. Yo, cómo muchos otros pequeños, éramos sólo espectadores de un pulso entre la dirección del colegio y los alumnos más mayores. Pese a todo nada cambió. Las naranjas que nos seguían poniendo en el postre no daban la talla mínima necesaria y el porcentaje de naranjas podridas seguía siendo alarmantemente alto, el asunto no presagiaba nada bueno. Además las acciones de protesta y los consiguientes castigos, lo que hicieron fue calentar más los ánimos. La naranja se convirtió en símbolo de nuestra revolución. Los profesores se encontraban naranjas en las sillas cuando iban a sentarse, rodaban naranjas por los pasillos del estudio cuando todos estábamos en silencio, se pintaban naranjas en las pizarras cuando entrábamos en clase y cada noche se dejaba una naranja podrida en la puerta del despacho del director que él recogía por lo mañana. Naturalmente esto comportaba represalias de diversa índole: castigos selectivos sin salir el fin de semana, exámenes sorpresa, revisión de taquillas y camas, etc. y en este estado de cosas llegó el gran día. El día del enfrentamiento final. El día de la gran batalla para la que nos habíamos estado preparando en el más absoluto de los secretos.

El día previsto, antes de entrar en el comedor, llegó la consigna: "cuando llamen al comedor nadie obedecerá y todos al escenario". El escenario era, cómo su nombre indica, el lugar donde se colocaba la pantalla del cine que nos servía de patio y estaba bastante elevado sobre el nivel del suelo. Era un espacio amplio, diáfano aunque con algunos agujeros en los tablones, pero idóneo para atrincherarnos todos. Cuando sonó el pito llamándonos al comedor, todos nos encaminamos, cómo un sólo hombre, hacia el escenario siguiendo la consigna. Los mayores subieron por sus propios medios y los más pequeños tuvimos que ser ayudados, pero allí estábamos todos.

El vigilante de turno sorprendido por la actitud vino a conminarnos a que bajáramos y entrásemos en el comedor, pero allí todos hicimos causa común y nadie bajó. Estaba decidido y nada ni nadie nos haría cambiar de opinión. De nuevo nos sentíamos fuertes y orgullosos de nuestra solidaridad. Ante el cariz que tomaba el asunto vino el subdirector, don Filomeno, que utilizó la misma hábil táctica: las amenazas, pero ahora más subidas de tono y con un verbo florido plagado de tacos y de imprecaciones. Pero él tampoco consiguió mejor resultado, la decisión estaba tomada y era firme; no entraríamos a comer en aquellas condiciones. Finalmente tuvo que hacer acto de presencia el grueso del ejército enemigo: el propio director rodeado de todos los pasantes y algunos profesores que todavía permanecían en el colegio. Lo vimos acercarse con su paso gallardo y oscilante blandiendo una nueva vara de bambú en la mano. Su presencia, hay que reconocerlo, nos estremecía, pero estábamos decididos a mantener nuestras posiciones hasta el final. Estábamos juramentados en nuestra lucha.

Sorprendentemente cambió de táctica y, en esta ocasión, no se profirieron amenazas, sólo amables consejos y la promesa de no tomar represalias. Tampoco esta actitud obtuvo los resultados apetecidos, seguíamos firmes en nuestra posición. Nadie respondió a sus palabras, pero todos pensábamos que no había dicho lo que nosotros queríamos oír, es decir, que la comida iba a mejorar en cantidad y calidad. Así, pues, la actitud de huelga se mantuvo.

Las buenas palabras y las buenas maneras duraron poco ya que, rápidamente, se le acabó la paciencia y acabó saliéndole el comandante que llevaba dentro aunque fuese comandante médico y retirado. El tono sosegado del inicio dejó paso a las amenazas, al insulto y a la ira. Estaba realmente cabreado, pero nosotros casi preferíamos esta actitud, nos era más familiar que la otra, ahora podíamos reconocer a nuestro director en versión original. Todos sus intentos fueron en vano, allí arriba no se movía nadie. Cómo en la guerra, habíamos logrado tomar una posición elevada estratégicamente buena y estábamos dispuestos a defenderla con nuestros escasos recursos.

La tensión iba en aumento y la situación era cada vez más angustiosa. El pulso estaba echado y nadie parecía dispuesto a dar su brazo a torcer. Cuando la situación era más tensa, cuando parecía que allí iba a pasar algo muy gordo, sorprendentemente nuestro director dio media vuelta y enfiló hacia la salida del patio. ¡Abandonaba la pelea! Hubo un generalizado y sordo suspiro de alivio en el escenario cuando vimos que se alejaba. Todos pensamos que habíamos ganado la gran batalla, habíamos dejado al Gran Jefe sin argumentos y sin opciones. Su séquito de acompañantes se había quedado sin consejos que dar para solucionar el conflicto. Sólo nos quedaba saber administrar la victoria y sacar de ella el mejor partido posible. Entonces, de pronto, el director volvió sobre sus pasos y se quedó mirándonos a todos. Con deliberada lentitud nos recorrió a todos con la mirada y cada uno de nosotros pudo notar en el pecho la presión de su mirada. Y entonces fue cuando dijo las palabras mágicas:

‑ ¡Montero baje Ud. del escenario y entre en el comedor! -la voz del director sonó fuerte y grave en medio del silencio.

Montero era uno de los alumnos mayores con cierta ascendencia entre los demás. Era uno de los que, digámoslo así, componía nuestro estado mayor. Todos nos dimos cuenta de lo que suponía aquella maniobra. El director ya no se dirigía a todos nosotros a la vez, se dirigía sólo a él. Ya no había grupo en el que arroparse, eran Montero y el director. Nuestro compañero palideció dubitativo.

‑ ¡Montero, le he dicho que baje y entre en el comedor! -le volvió a apremiar el director impaciente.

Todos permanecimos expectantes del resultado de esta segunda requisitoria. Nadie dijo nada, pero todos sabíamos que de la actitud de Montero dependía todo. Todas nuestras miradas estaban dirigidas a él. Seguramente nuestro compañero en todo el resto de su vida posterior, en toda su vida de adulto, con los problemas que haya tenido que afrontar, nunca habrá tenido que tomar una decisión tan dura, nunca se habrá encontrado tan en el centro del huracán.
Nuestro compañero tras unos segundos que parecieron eternos cedió. La cadena de solidaridad se rompió. Montero con la cabeza agachada bajó del escenario y se dirigió lentamente al comedor. A continuación el director se dirigió a otro de los amotinados:

‑ ¡Pizarro, baje del escenario y entre en el comedor!

Pizarro se lo tuvo que pensar bastante menos, ya que obedeció la orden con bastante rapidez dirigiéndose al comedor. La cohesión estaba rota y ya no había quien parase la derrota sufrida. No fue una derrota, fue una verdadera debacle. Uno a uno fue nombrando diversos compañeros que fueron bajando del escenario. Finalmente dijo:

‑ Todos los demás bajen y entren en el comedor.

Todos bajamos de allí y entramos silenciosos en el comedor. Jamás había visto el comedor tan en silencio como aquel día. La comida tuvo para todos nosotros un sabor muy amargo. Habíamos sido derrotados en toda regla, prácticamente, habíamos sido barridos del campo de batalla. El director había individualizado la responsabilidad y eso rompió todos los esquemas. Hubo en la derrota más justicia incluso de la esperada. Nadie reprochó su acción a los primeros compañeros que cedieron. Todos comprendimos lo difícil que había sido para ellos encontrarse en esa situación. Éramos un ejército derrotado, pero manteníamos todavía el orgullo suficiente cómo para no culpar a nuestros lideres de la derrota. Se habían batido noblemente y les fue reconocido su valor en la batalla. Tal vez fue un compromiso demasiado fuerte para ellos y para todos nosotros, al fin y al cabo, éramos solo un grupo de chicos entre diez y diecisiete años.

Pero no fue una derrota tan rotunda cómo nosotros habíamos pensado inicialmente. Alguna herida debíamos haber producido en el enemigo, alguna mella debíamos haber dejado en su ánimo ya que, días mas tarde, las naranjas que se nos suministraron aumentaron de grosor y estaban en mucho mejor estado, incluso se pasaron instrucciones de que si había alguna podrida sería cambiada por otra. Así, pues, finalmente, fue sólo una derrota a medias. Quizás ganamos la batalla por las naranjas, pero perdimos la de la comida, que siguió siendo tan pésima cómo siempre. Aquella batalla quedó en los anales del colegio, permaneció grabada en la memoria colectiva de todos y con el tiempo, cómo siempre ocurre, algunos detalles se fueron magnificando y modificando en beneficio de los alumnos, pero la esencia del enfrentamiento quedó. De lo que si estoy absolutamente convencido es que, aquel día, todos los que subimos al escenario cuando bajamos éramos un poco más adultos y que en muchos de nosotros quedó la semilla de la lección aprendida, no la de la batalla perdida sino la de la solidaridad de la derrota

Capítulo II El verbo cálido

1º curso de bachiller
(11 años)

Mi primer encuentro con el sistema docente del colegio no tardó en producirse y, realmente, no pudo ser más ilustrativo de cómo se iban a desarrollar las cosas en aquel lugar.
Mis primeros días fueron algo deprimentes, al sinsabor de mi nueva situación de interno en un colegia, había que añadir que todavía no habían decidido qué curso debía estudiar por lo que no tenía clase asignada. Por todo ello no tenía libros y ni siquiera libretas. De momento me hicieron ir a la clase de los más pequeños, los que hacían ingreso, y allí permanecía completamente ignorado. La sensación de todo ello no podía ser más desagradable, no solamente estaba desarraigado sino que además se empeñaban en dejármelo bien patente.
Estaba de auténtico convidado de piedra por un problema de estudios del que era completamente ignorante. Yo, como cualquier crio de once años, me había limitado a intentar aprender lo que me enseñaron en la escuela de la que procedía, sin preocuparme de nada más. Con toda aquella situación tenía la sensación de que había aprendido algo equivocado y por eso estaba desterrado en aquella clase. No había hecho más que entrar y ya tenía algo de qué arrepentirme aunque no supiera de qué.
Finalmente se decidieron a aclarármelo y una mañana me llamó don Manuel, el director. Me dijo que lo que había estudiado hasta entonces no me servía para el bachiller ya que no tenía el certificado correspondiente y que eso me supondría tener que empezar desde el principio, es decir, comenzando desde ingreso, pero dado que por edad me correspondía estudiar primero de bachiller, lo que habian decidido es que haría ingreso y primero en un solo año para no perder un curso. Además, ¡una buena noticia! me dijo que creía que estaba capacitado para poder hacer aquellos dos cursos en uno. Yo trataba de hacerme una idea de lo que me quería decir, pero no acababa de entenderlo del todo, lo que si entendí rápidamente es que debía estudiar más que nadie y que lo que tenía que hacer era más difícil de lo habitual. Aquello si lo entendí perfectamente.
La conclusión final fue que me incorporé a los de primer curso de bachiller para lo cual me dieron libros y material. Aquello me pareció estupendo, ¡ya íbamos por buen camino! Por lo menos, a partir de ese momento, ya sabía a dónde pertenecía, quienes iban a ser mis compañeros y a qué clase debía ir el resto del curso. Aquello por lo menos me permitió un punto de referencia que hasta ese momento se me había negado. Así que me incorporé ilusionado a una veintena de chicos que comenzábamos a caminar por la delicada senda de la cultura del bachiller elemental.
Desde que me levanté aquella mañana tenía una mezcla de alegría e inquietud por mi nueva situación. Cuando tras el desayuno fuimos a estudio, yo estaba deseando que llamaran a los de primero, pues ahora sabía que cuando lo hicieran también me llamarían a mí. Nuestra rutina por la mañana era siempre la misma: levantarnos, asearnos, hacer la cama y dejar lista la taquilla, luego bajábamos a estudio desde donde íbamos directamente a la capilla a oír misa. Una vez terminada la misa acudíamos a desayunar y luego íbamos a estudio de nuevo a esperar que fuesen llamando a los diferentes cursos. El estudio era una amplia sala en la que cada uno de nosotros tenía su pupitre individual donde guardábamos nuestras pertenencias. El pupitre tenía una tapa que se levantaba y dejaba un cajón donde teníamos los libros y nuestros pequeños tesoros. Los pupitres estaban adosados de dos en dos y tenían tantas muescas y pintadas que uno podía pasarse toda una mañana leyendo y conociendo la historia de todos los que habían pasado por allí. Lo cerrábamos con un candado que cerrábamos entre dos cáncamos que insertábamos entre la tapa y el cajón. Con los años y el uso, había pupitres a los que materialmente ya no se les podía hacer ni un solo agujero más y entonces había que ir a los laterales buscando algún punto que todavía tuviese madera lisa para poder poner los cáncamos.
Cómo yo no sabía lo del candado tuve que comprarme uno deprisa y corriendo, un EGM y, naturalmente, compré el más barato y tan fácil de abrir que era cómo si no tuviese. De todas maneras, era dificil mantener los pupitres a salvo, había verdaderos artistas en el arte de abrirlos y con el tiempo yo también acabé siendo uno de ellos. Al final de mi estancia en aquel colegio tenía una colección de llaves que pasaban de la veintena y no había candado que se me resistiese. Recuerdo que una de mis mayores alegrías fue descubrir los candados de lla ve al revés y eso supuso que fuese uno de los pocos afortunados capaces de mantener a la raya a los compañeros más hábiles ya que ni siquiera podían insertar la llave para intentar abrirlo. ¡Ventajas de vivir en una gran ciudad con una tecnología de vanguardia!
Mi primer día efectivo de clase me permitió entender rápidamente los mecanismos de cómo se iba a desarrollar el resto del curso en el colegio; enseguida pude vislumbrar las reglas del juego y las líneas del campo donde se iba a desarrollar. Estábamos en estudio cuando, a medida que llegaban los profesores, comenzaron a llamar a clase a los diferentes cursos. Cuando oí: "¡primero, a clase!", me levanté contento y seguí al resto de mis compañeros. La clase de primer curso estaba en el otro extremo del colegio y a ella se llegaba por una amplia escalinata que estaba coronada por una hornacina donde había un santo de gran tamaño. A medida que llegaban a su altura todos mis compañeros iban santiguándose. A mí me llamó la atención tanta religiosidad, pero pensé que debía ser una costumbre del colegio o que el santo tendría alguna significación especial, así que yo también me santigüé antes de entrar en clase por aquello de: "allí donde fueres..." A la salida de clase entendí el significado de tanta religiosidad. Aquel santo había recibido más plegarias que muchos otros que hay en catedrales. La religiosidad no era cuestión de fe, sino de miedo.
La primera clase a la que iba era de lengua española y, ni que decir tiene, que era este el motivo de tanta religiosidad. Todos entramos en clase y, ante mi sorpresa, nadie se sentó en los pupitres. Todos dejaron sus libretas en ellos, pero se quedaron de pie formando un semicírculo a lo largo de la clase en torno a la tarima. Cómo ellos ya llevaban una semana de clase y yo no sabía de qué iba todo aquello me quedé de pie esperando acontecimientos.
Cuando llegó el profesor me dijo que me incorporase al último lugar del semicírculo, así que me puse al final de aquella larga cola. Luego cogió una regla de madera y se dirigió al comienzo de la fila. En ese momento vi cómo todos mis compañeros levantaban sus manos y las colocaban palmas arriba a la altura de su cintura con el codo flexionado. Fue un extraño ritual. Yo pensé que iba a ser un castigo colectivo por algo que había pasado anteriormente y del que yo no sabía nada. Confiaba en que eso se tuviese en cuenta y yo me librase del castigo colectivo, pero me equivocaba. Pronto pude ver el verdadero significado de todo aquello.
El profesor se dirigió al primer alumno de la fila y le preguntó un tiempo verbal. El alumno respondió y el profesor escuchó en silencio, luego se dirigió al segundo de la fila preguntándole otro tiempo verbal. Las preguntas se fueron repitiendo a lo largo de la fila hasta que la cadena se rompió. En una de las ocasiones el alumno al que le preguntaron titubeó. La regla se cernió por encima de sus manos y nuestro compañero ya no titubeó, simplemente perdió por completo la memoria. Creo que si en ese momento le preguntan su nombre y hubiera sido incapaz de responder. Tras oscilar unos segundos en el aire, la regla bajó rápidamente sobre cada una de las palmas de sus dos manos abiertas golpeándolas y el sonido de los palmetazos sacudió la fila. Rápidamente pasó al siguiente que, al no poder responder tampoco, recibió igual tratamiento. El sistema se reprodujo en cada uno de los siguientes alumnos de la fila hasta que, finalmente, otro compañero acertó con la respuesta. Este se libró del castigo y pasó hasta el lugar del primero que había fallado. El proceso estaba claro, no había que ser Einstein para comprender el mecanismo y, por extensión, adivinar cómo se iba a desarrollar el resto del curso en aquella asignatura.
Fue una hora muy larga de clase en la que no conseguí moverme del último lugar y, ni que decir tiene, que recibí también mi buena dosis de estímulo. Aquel día no aprendí verbos, pero aprendí que debía aprenderme los verbos. Salí de aquella clase con las manos calientes y las ideas claras. Cuando pasé de nuevo por delante del santo ya no me fijé tanto en lo que hicieron mis compañeros, estaba más pendiente de santiguarme. Aquello ya no fue imitar la acción de nadie, aquello salió espontáneamente de mi interior. No tarde mucho en integrarme en la mística del estudiante y en el sistema docente del colegio de San Antonio.